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Cuando creer es un deber





"El testigo verdadero no mentirá; Mas el testigo falso hablará mentiras.

El testigo verdadero libra las almas; Mas el engañoso hablará mentiras." (Prov. 14 vv. 5;25)


Hay una pregunta que hacer: ¿es mejor creer la verdad o creer la mentira? La respuesta a esta pregunta deja abierta la puerta de nuestra conciencia para admitir el juicio, eso que discierne las cosas de modo que podemos juzgarlas como mejor o peor, buenas o malas, verdaderas o falsas.

¿Es bueno o malo creer una mentira?

¿Por qué planteo esta pregunta? ¿A qué quiero llegar?

Supongamos que discutimos sobre la existencia de Dios. El ateo dirá que no existe un Dios y el creyente sostendrá lo contrario. Desde el momento que nos molestamos en plantear el tema y discutirlo, estamos suponiendo que vale la pena, es decir, que importa. Si importa es porque tiene alguna implicancia, y sucede que si importa es porque la verdad o falsedad de nuestra postura tiene consecuencias valiosas o disvaliosas.

Antes de seguir dejemos en claro que desde la lógica más fundamental sabemos que ambas posturas no pueden ser igualmente verdad. O existe Dios, o no existe. Entonces, si vamos a discutir será sobre la base de que existe UNA verdad al respecto.

Ahora bien, si existe una sola verdad posible (que Dios exista o que no exista), y si admitimos que es mejor creer la verdad que la mentira, sostener la verdad nos hará mejores personas que si sostenemos una mentira. Para que se entienda este punto voy a dar un ejemplo.
Supongamos que mi amigo Juan juega al fútbol amateur a un nivel regular y sin embargo él dice que es mejor jugador que Lionel Messi, de lo cual está convencido. Sólo si Messi es mejor jugador realmente (en la realidad objetiva de los hechos) nuestro amigo estará equivocado y nosotros podremos sostener que su creencia (que él sea mejor que Messi) por mucho que la crea verdadera (y aunque sea meramente subjetiva), es una mentira que debería dejar de sostener.

Notemos que dije que debería, porque esto es algo que le sería exigible, es decir, debería reconocer la realidad en vez de negarla. O sea que nosotros le diríamos a nuestro amigo que está equivocado, por esta y esta otra razón, etc., pero nuestro amigo simplemente podría negar nuestras afirmaciones y mantenerse en su firme convicción basada en su propia apreciación de la realidad. El tendría “su verdad” y nosotros la nuestra, pero, como dejamos en claro antes, ambas creencias no pueden ser verdaderas.

Ahora entonces preguntemos ¿qué impide a nuestro amigo Juan no ya creer sino reconocer la verdad (que Messi es mejor jugador de fútbol que él)?

Para este ejemplo pondremos a su orgullo (no algún problema mental o falta de información). Su falta de objetividad radica en creerse mejor de lo que en realidad es. Algo similar pasa con los que rechazan el testimonio de Jesús y sus apóstoles con respecto a Dios. El ateo cree que es más inteligente o sabio que los hombres que han creído en Dios y han enseñado sobre Cristo y su doctrina. Aunque estos hombres caminaron con el Mesías, lo vieron con sus propios ojos, murieron predicando su mensaje, y han transformado la historia del mundo desde entonces, nuestro amigo ateo cree que él sabe más de Dios que ellos. Más aun, niega la existencia de Dios contrariando toda la evidencia histórico-documental que respalda una sabiduría moral tan intachable que se sostiene por sí misma, puesto que ninguna persona jamás ha cuestionado la doctrina de Jesucristo con éxito. Por el contrario, la excelencia de la doctrina de Jesús es tal que, el que se le reproche a los cristianos el no estar a la altura de las exigencias de su Maestro, no demuestra sino la perfección de Jesús como ejemplo máximo del cumplimiento de sus propias enseñanzas, las cuales, ante todo, lo señalan como el Salvador de sus discípulos, como está escrito “el justo por los injustos, para llevarnos a Dios.”

Estas palabras buscan ayudar a meditar en el por qué algunos ateos rechazan el testimonio de los cristianos que escribieron lo que oyeron decir y vieron hacer a Jesús de Nazaret hace unos dos mil años, y llevar a considerar que, como hecho histórico, la existencia de los profetas primero, de Jesús y sus apóstoles después, permite un juicio lógico de verdad/falsedad, y en el caso de que se diga que no existieron o que mintieron, se requerirán argumentos que objetivamente permitan dar razón al detractor del testimonio histórico-bíblico, frente a los que sostenemos la veracidad y excelencia de Cristo, sus palabras, su obra redentora y toda la doctrina que deriva y se sostiene en su existencia.

N.M.G.  

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