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Ministros de la Palabra

Conversando con mi padre le dije que en la vida cuando necesitamos ser asesorados en diferentes áreas, buscamos a quienes tienen conocimiento y experiencia en el tema. Si es una cuestión jurídica buscaremos a un abogado, si es un tema de salud a un médico, si es en biología a un biólogo, en construcción a un arquitecto, etc., etc. Así es que surge mi identidad también, como cristiano conozco y estudio la revelación de Dios en las Escrituras y por medio de Jesucristo para poder guiar a otros hacia la verdad que está en Cristo y sus palabras. Y asimismo encuentro a otros discípulos más avanzados en quienes encuentro sabiduría de Dios, discernimiento espiritual y sana enseñanza para confirmar, reafirmar y alentarme en esta peregrinación en la que no estamos solos, porque el Señor está en nosotros y en medio de su pueblo, a través del cual también se manifiesta a través de los dones que nos ha dado.


Por eso, hoy les comparto un pasaje tomado de “El Camino de Jesús” del predicador y escritor Eugene H. Peterson, un excelente libro que nos edifica para discernir y disfrutar de las verdades del reino de los cielos.


"Mi tarea asignada en este mundo hambriento de significado, sediento de lo espiritual, curioso de Dios es enseñar y predicar las Sagradas Escrituras como la revelación de Vida, la vida definida y creada por Jesús. Pero no me resulta fácil. Vivo en una cultura que es sobre todas las cosas, indiferente a Jesús o que simplemente lo desconoce. Me gustaría recuperar la claridad y urgencia del camino de Jesús para mi generación. ...

Al final del primer siglo, en el año 100 después de Cristo, Josefo muere en Roma en medio de lujos. Había sido un diplomático de éxito, un líder militar y un escritor. Habían pasado ya 70 años desde la resurrección de Jesús y sus seguidores no habían conseguido todavía realizar nada que se pudiera observar: ni en el judaísmo, ni en el helenismo, ni en el movimiento zelote, ni entre los fariseos, ni en el gobierno de Roma.

Y sin embargo, se mantuvieron firmes en su rumbo. Y nosotros también lo hacemos hoy día. ¿Por qué? Porque al seguir a Jesús hemos aprendido algo acerca del reino que Herodes no sabía, y sobre Dios que Caifás no sabía, y sobre el alma que Josefo no sabía. Y estamos convencidos de que este reino en el que gobierna Dios, y este Dios que se revela en Jesús, y esta alma que está santificada por el Espíritu Santo, son reales y eternos y verdaderos. Sostienen el mundo. Y no hay ninguna otra cosa que pueda sostenerlo.

El testimonio bíblico más poderoso de esto es el último libro de la Biblia: el Apocalipsis de San Juan. Es un testimonio alentador, clamoroso, de alabanza y colorido de la realidad presente del reino de salvación de Jesús en funcionamiento, usando las vidas de cristianos desconocidos en un mundo que ni siquiera saben que existen. La oración de estos primeros cristianos de resurrección en Jerusalén, expresada en Hechos4, se expande a lo largo de los próximos 70 años del primer siglo en una magnífica adoración exhibida en el Apocalipsis.

Cuando finalizaron la oración, Lucas nos dice que “todos fueron llenos del Espírito Santo, y proclamaban la palabra de Dios sin temor alguno” (v.31). Se habían convertido en la plegaria que acababan de pronunciar.

Herodes, Caifás y Josefo, todos ellos durante el lapso de sus vidas, fueron más influyentes y eficaces que Jesús. Los tres movimientos más importantes de protesta durante los años en que Jesús estaba anunciando la presencia del reino de Dios y cuando la iglesia de resurrección se estaba formando –los fariseos, esenios y zelotes- atrajeron más seguidores que Jesús.

Y esto es lo aleccionador: todavía es así. Nos enfrentamos a esta maravillosa, o quizás no tan maravillosa, ironía: Jesús, el más admirado, el más adorado y sobre el que más se escribe. Es el menos seguido.



Pero en todas las generaciones existen unos pocos que lo siguen. Ellos se niegan a sí mismo, llevan su cruz y lo siguen. Pierden su vida y la salvan. Y junto con la propia, la vida de muchos, muchos otros." (pp. 172, 232,233)

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