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Descubre el ............ que hay en tí




 Unos años atrás se podía ver un video en el que un "predicador" invitaba a sus oyentes a descubrir "el superheroe que hay en tí". Suena bien. Todos queremos alardear de lo bueno que somos. De lo mucho que nos hemos superado, y demás. Ese es uno de los típicos mensajes que predican los malos predicadores, los "lobos vestidos de oveja". Porque ese es, en esencia, el mensaje más diametralmente opuesto al que hallamos en el evangelio de Jesucristo. Porque en el evangelio se nos llama a reconocer nuestra verdadera naturaleza, esto es, lo que hay debajo de nuestras apariencias y buenas intenciones. 

Si no llego a descubrir con claridad "el pecador que hay en mí", jamás podré ver la clase de Salvador que es Cristo Jesús. Si no llego a ver lo "engañoso y perverso" que es el corazón humano, tal como lo describe la Palabra de Dios por pluma de uno de sus profetas, seguiré engañándome a mí mismo, creyendo que "soy bueno"

La verdad que saca a la luz el mensaje del Señor, es que necesitamos arrepentimiento, esto es, reconocer nuestra pobreza e indolencia espiritual, o en otras palabras, que la muerte es la justa retribución para un ser que ama aquellas cosas que un Dios justo, santo y verdaderamente bueno, aborrece, y que, aun cuando tratemos vanamente de cumplir algún mandamiento aquí y allí, no dejamos de seguir nuestros propios deseos y egoísmo. Por eso, el apóstol Pablo llegó a ver claramente el estado del ser humano que se enfrenta a las demandas de la justicia de la Ley de Dios, diciendo: "... no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. ... hallo está ley: que el mal está en mí (en mi carne).... ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro" (Romanos 7:19; 21; 24-25).


Llegar a la verdad acerca de nosotros es abrir los ojos a la realidad de nuestra miseria moral. No hay buenas nuevas de un evangelio que salva a los pecadores, justificando al impío y regenerando un corazón malo, si primero no reconocemos nuestra maldad. Este es el arrepentimiento bíblico que necesitamos alcanzar y experimentar, si hemos de tener parte en el reino de la verdad que está en Cristo. 

"Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y ésta es la condenación: que la luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no se acerca a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Pero el que practica la verdad viene a la luz, para que sea evidente que sus obras son hechas en Dios." (Juan 3:17-21).

Muchas veces la religión "viste" al hombre con ropas limpias para que se sienta bueno, pero Dios nos llama a dejar de escondernos y admitir la vergüenza de nuestra desnudes, no la física claro, sino la que produce el que nuestros pensamientos, intenciones, malos deseos, faltas, cosas ocultas, y demás pecados sean expuestos y permitan ver la verdad de lo que somos. 

Por eso la enseñanza del Señor nos llama a considerar a un hombre injusto que: "... desde lejos, no se atrevía siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: “Dios mío, ten misericordia de mí, porque soy un pecador.” Yo les digo que éste volvió a su casa justificado, y no el otro. Porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.» (Lucas 18:13-14).

El llamado de la predicación que es conforme a la verdad, nos llama a reconocer el pecador que está en nosotros. Sólo así podemos pedir el perdón que sólo Cristo puede darnos, un perdón completo, profundo y perfecto, logrado por medio de su muerte. Es el perdón que necesitamos para ser reconciliados con Dios, y recibir la paz del evangelio de la gracia. Es el perdón sin el cual no habrá héroes, sino un horrible desengaño lleno de ignominia y vergüenza, por esto, está escrito: 

"... la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta. Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro." (Hebreos 4)

Hoy es el día para buscar esta bendita gracia que nos ofrece el perdón de Dios para vida eterna. 

Dios te bendiga

N.M.G.


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