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Humildad



 “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” (Palabras de Jesucristo - Mateo 11:29)




El término "humildad", viene del latin "
humus", que significa polvo o tierra, lo cual no es sino un implícito reconocimiento a la literalidad de la condición de toda la humanidad y su correlación con el relato del Génesis "polvo eres".  


Ser humilde es ante todo ser realista, alguien que reconoce la condición humana, en la que todo hombre al igual que la humanidad, ha de volver al polvo del que fuimos formados, y que como está escrito: "nada hemos traído a este mundo, y sin dudas nada podremos sacar". Tal es la realidad que nos informa de nuestra pasajera vida por este mundo, así como de nuestra fragilidad, ya que tampoco tenemos potestad sobre el día de la muerte.

Así, ser humilde es, aun cuando no se quiera reconocer al Dios que nos creó, tener que admitir que es una verdad indiscutible, o dicho de otro modo, una verdad con rigor científico, el hecho de que estamos formados enteramente de los elementos químicos que hallamos en la tierra, y que si consideramos los siglos y milenios, pronto, muy pronto, partimos rumbo al silencio.

En esa realidad, el hombre sabio puede entender en qué consiste la verdadera humildad, que no es otra cosa que saber que él al igual que toda la humanidad sólo pueden perdurar si existe un Dios Todopoderoso capaz de dar la vida y restaurarla. De lo contrario, todo orgullo y gloria, son vanos, ilusoria jactancia de quienes en breve lo perderán todo, cuando se enfrenten con su verdadera  condición, en la cual, todo terrestre es humillado cuando se convierte en alimento de gusanos (científicamente comprobable también).

Esta humildad, la más innegable y objetiva, es la que nos aconseja humillarnos, no ante ídolos, falsos dioses, ni afirmaciones filosóficas, sino ante el único Ser que ha puesto a todos los hombres en la necesidad de un Redentor que los rescate de aquello que los hace a todos culpables, deudores e insolventes ante el único que puede decir sin error y sin engaño: "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida, nadie viene al Padre sino por mí"

  Claro que muchos intelectuales orgullosos de sus conocimientos se envanecen e intentan invalidar la grandeza de Aquel que dividió la Historia de la Humanidad, y entonces pretenden imponer sus propias ideas, perdiendo así la posibilidad de someterse a la verdad de aquel que dijo: "aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón y hallarán descanso para vuestras almas". Así entonces, hasta el más limitado de los hombres puede ser exaltado por Aquel que hace todas las cosas según el puro afecto de su voluntad, y quien nos la reveló de modo que sabemos que 

 "... aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.
¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe." (Romanos 3:21-27)

En definitiva, para resumir, ser verdaderamente humilde es reconocer la grandeza de Cristo Jesús, y la necesidad que cada ser humano tiene por haber sido condenado a perecer, del perdón de Dios, para lo cual Cristo se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte a fin de dar su vida en rescate, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios. Esto es ser "justificado gratuitamente por su gracia" sin tener mérito alguno ni poder merecerlo.

Contrariamente a esa humildad, el orgullo no es otra cosa que la jactancia de lo que se ha recibido o se ha logrado evitando admitir que “la gloria del hombre no es gloria” (conf. Prov. 25:27) y que todo lo que logra sin Dios lo perderá” (ver Mateo 16:25-26), por lo que la Sabiduría de Dios redarguye a los que se enorgullecen de sus logros ("riquezas" léase títulos, status, valores y logros alcanzados) y nos llama a razonar al respecto:

"Los que confían en sus bienes,
Y de la muchedumbre de sus riquezas se jactan,
 Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano,
Ni dar a Dios su rescate
 (Porque la redención de su vida es de gran precio,
Y no se logrará jamás),
 Para que viva en adelante para siempre,
Y nunca vea corrupción.
 Pues verá que aun los sabios mueren;
Que perecen del mismo modo que el insensato y el necio,
Y dejan a otros sus riquezas.
 Su íntimo pensamiento es que sus casas serán eternas,
Y sus habitaciones para generación y generación;
Dan sus nombres a sus tierras.
Mas el hombre no permanecerá en honra;
Es semejante a las bestias que perecen. " (Salmo 49:6-12)

Dios da gracia a los humildes, es decir, aquellos que escuchan Su palabra y la atesoran de manera que en su intimidad se gozan de la verdad del Señor y Juez de todos. 


“El hombre rico es sabio en su propia opinión; Mas el pobre entendido lo escudriña.” (Proverbios 28:11)


N.M.G.

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