Amar la verdad de Dios en lo íntimo de nuestro corazón es el más genuino acto de adoración que podemos cultivar en nuestro espíritu.
ADORAR
¿Qué significa el verbo adorar? En la Biblia no
existe una definición de la palabra. El verbo que se traduce como “adorar” en nuestras
biblias, proviene de palabras que indican postrarse ante alguien, hacerle reverencia.
No voy a entrar en detalles sobre el término, porque quiero ser breve e ir al
grano. Pero antes de llegar a un entendimiento de la adoración que Dios mismo
busca, veamos cómo se expresa o entiende la adoración en algunos círculos cristianos.
La palabra adorar en el mundo evangélico, en las últimas décadas fue
asimilada a la alabanza musical. Las redes sociales y los medios nos muestran
bandas de “músicos cristianos” tocando alabanzas mientras la gente cierra sus
ojos y levanta sus manos “en señal” de adoración a Dios.
En el catolicismo romano, podemos ver la adoración ante la Eucaristía (el
pan sin levadura consagrado para la Cena del Señor o Santa Comunión), ante la
cual los fieles se arrodillan en reconocimiento de lo sagrado en ella.
Sin embargo, después de una lectura completa del Nuevo Testamento, no
encontramos la adoración en referencia ni a la música, ni a la Cena del Señor. ¿Qué
dice entonces la Biblia en el Nuevo Testamento sobre la adoración? El Señor
mismo se refirió a ella en el capítulo 4 de Juan, durante su conversación con
una mujer samaritana:
“22
Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la
salvación viene de los judíos. 23 Mas la hora viene, y ahora es, cuando los
verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también
el Padre tales adoradores busca que le adoren. 24 Dios es Espíritu; y los que
le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.”
Vemos que la adoración debe ser dirigida a Dios “en
espíritu y en verdad”. Pero además, notemos que es un requisito para la
adoración que esta sea hecha “en espíritu y en verdad" porque así "es necesario que adoren”.
No en un lugar, no mediante cosas, sino “en espíritu” y “en verdad”.
Es nuestro espíritu el que debe adorar. Podemos arrodillarnos, levantar las manos, cerrar
los ojos, y no estar adorando a Dios en lo absoluto, porque la adoración no se
trata de una postura, una forma, o un lugar (hacer eso en un templo), sino de
un reconocimiento de la gloria de Dios. Se nos enseña a adorar a Dios y a ningún
otro ser (ídolos/personas/cosas) porque sólo Él es digno de adoración. ¿Y por
qué sólo Él es digno de adoración? Porque sólo Él es el Dios Creador.
En una nota a los términos traducidos como “adorar”
en el diccionario Vine, se lee que la adoración “ampliamente puede considerarse
como el reconocimiento de Dios, de su naturaleza, atributos, caminos y
demandas, ya bien por el derramamiento del corazón en alabanza y acción de
gracias, o bien mediante actos ejecutados en el curso de tal reconocimiento”[1].
Llegar a reconocer a Dios el Padre, en la persona
de su Hijo (y absolutamente nadie más), quien es su imagen y en cuyo rostro
resplandece su gloria[2],
es lo que nos lleva a reconocer en nuestro espíritu la adoración debida al
único Dios verdadero por medio de Jesucristo su único Hijo.
Por eso, el apóstol Pablo, que les dijo a los
colosenses en su carta que en Jesús “habita
corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Colosenses 2:9), les había enseñado en el comienzo de la carta que “15 Él (Cristo) es la imagen
del Dios invisible, el primogénito de toda creación. 16 Porque en él fueron
creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra,
visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean
potestades; todo fue creado por medio de
él y para él. 17 Y él es antes de
todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; 18 y él es la cabeza
del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre
los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; 19 por cuanto agradó al
Padre que en él habitase toda plenitud, 20 y por medio de él reconciliar
consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en
los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. 21 Y a vosotros
también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente,
haciendo malas obras, ahora os ha
reconciliado 22 en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros
santos y sin mancha e irreprensibles delante de él” (Col. 1:15-22)
Esta reconciliación ganada por medio de la muerte del
Señor, tiene como finalidad presentarnos santos y sin mancha e irreprensibles
delante de ¡Él mismo! El postrarnos en adoración y gratitud ante Dios supondrá
reconocer la verdad que reconoció el escéptico apóstol Tomás: “Señor mío y Dios mío”, porque el Hijo que
está en el trono de la Majestad y recibe la honra de las huestes celestiales
junto a Dios[3], es el
mismo que vendrá a la tierra como “Adonai”,
pues como Él mismo lo expresó en el Evangelio de Juan: “… el Padre a nadie
juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo, para que todos honren al Hijo como
honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió.”
(Juan 5:22-23).
La adoración a Dios, tal como enseñó el Señor, es
necesario que sea hecha en espíritu y en
verdad. Entonces sólo cuando nuestro espíritu recibe el testimonio del
único Dios verdadero, podemos confesar la verdad de Dios: “Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo… (quien) … nos
ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el
verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna.”
(1 Juan 5:11, 20).
Dios ha puesto en su Hijo la imagen de sí mismo,
ha actuado por medio de Jesucristo, y lo puso a Él como el único nombre ante el
cual toda rodilla debe doblarse, y toda lengua confesar su eterno señorío, para
dar gloria a Dios el Padre.
Adorar es entonces, postrarnos ante la existencia
de un Dios que se nos revela, corporalmente, y nos dice: “Yo mismo soy”[4].
Sólo entonces, el conocimiento del Dios verdadero
nos llevará a la adoración verdadera (“en verdad”). Para este conocimiento es
necesario recibir el Espíritu de verdad, el cual el mundo no puede recibir,
porque no lo ve ni le conoce, dijo el Señor. Pero sabemos que los que recibimos el mensaje del apóstol Juan claramente expuesto en la introducción de su
evangelio, llegamos a entender qué implican las palabras del propio Señor cuando dijo:
“Si me conocieseis, también a mi Padre
conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto.” (Juan 14:7).
Como escribió Brennan Manning: “Desde la
encarnación, la pregunta ya no es ¿Jesús es semejante a Dios?, sino ¿Dios es
parecido a Jesús?”
Los judíos que tomaban piedras para matar a Jesús
considerando blasfemia sus afirmaciones por las cuales “se hacía igual a Dios”,
continuaron su odio hacia los cristianos, matando a Esteban y persiguiendo a la
iglesia del Señor, porque no lo conocieron.
En el corazón de la fe cristiana, vive la
adoración de Aquel a quien hemos conocido, al Padre, en espíritu y en verdad, porque
los que somos de Cristo, sabemos que de Él es el Espíritu[5]
y que Él es la verdad[6],
por lo tanto, reconocer la Deidad en el Hijo, es el acto de adoración al Padre
que nos da el Espíritu de su Hijo, a todos aquellos que reconocemos que Él es
el único Señor y nuestro único Salvador.
Así entonces, dice la Escritura respecto al Hijo
de Dios:
“cuando
introduce al Primogénito en el mundo, dice:
Adórenle
todos los ángeles de Dios.” (Hebreos 1:6)
Si a los ángeles, que, como dijo el apóstol Pedro,
“son mayores en fuerza y en potencia” que los
hombres, Dios el Padre les ordenó adorarle cuando ingresó al mundo en su
encarnación, ¡¿cuánto más no será digno de adoración ahora que Venció al mundo,
al diablo y a la muerte para subir por encima de todos los cielos para llenarlo
todo?!
Por eso hermanos y hermanas, la exhortación del
apóstol Pedro a crecer “… en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador
Jesucristo”, nos llevará a darle a él la gloria “ahora y hasta el día de la
eternidad” (2 Pedro 3:18), porque ésta es la voluntad de nuestro Padre. Amén.
Respondiendo a la pregunta que titula esta entrada, podríamos decir que nuestra adoración como cristianos, es la respuesta de la fe por la que recibimos el don inefable de Dios el Padre, que es Cristo en nosotros, su Hijo, el Amado.
N. M. G.
[1] W.
E. Vine, Diccionario Expositivo del
Antiguo y del Nuevo Testamento Exhaustivo. Ed. Caribe.
[2]
2 Corintio 4:3-6 “Pero si nuestro
evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los
cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que
no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la
imagen de Dios. Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo
como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús. Porque Dios,
que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en
nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en
la faz de Jesucristo.”
[3]
Apocalipsis 7:9-11 “Después de esto
miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas
naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la
presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos; y
clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está
sentado en el trono, y al Cordero. Y todos los ángeles estaban en pie alrededor
del trono, y de los ancianos y de los cuatro seres vivientes; y se postraron
sobre sus rostros delante del trono, y adoraron a Dios,”
[4]
Isaías 43:10 “Vosotros sois mis
testigos, dice Jehová, y mi siervo que yo escogí, para que me conozcáis y
creáis, y entendáis que yo mismo soy; antes de mí no fue formado dios, ni lo
será después de mí.”
[5]
2 Corintios 3:17 “Porque el Señor es
el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.”
[6]
Juan 14:6 “Jesús le dijo: Yo soy el
camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”

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