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La Revelación del Padre y del Hijo (cuarta parte)


 


“Pero en cuanto a mí, sé que mi Redentor vive,

    y un día por fin estará sobre la tierra.

 Y después que mi cuerpo se haya descompuesto,

    ¡todavía en mi cuerpo veré a Dios!

Yo mismo lo veré; así es, lo veré con mis propios ojos.

    ¡Este pensamiento me llena de asombro!”

(Job 19:25-27)

“Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, vino al sumo sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o mujeres de este Camino, los trajese presos a Jerusalén. Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. Y los hombres que iban con Saulo se pararon atónitos, oyendo a la verdad la voz, mas sin ver a nadie.” (Hechos 9:1-7)

“El Señor le dijo: Ve, porque instrumento escogido me es este, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre.” (Hechos 9:15-16)

El apóstol Pablo fue instrumento escogido del Señor Jesús, al que una vez redimido el Señor le cambió el nombre, y fortaleció a lo largo de todo su ministerio, lo cual cumple la palabra profética de Isaías 41:9-10 “Mi siervo eres tú; te escogí, y no te deseché. No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.”

Esta palabra también encuentra su cumplimiento en 2 Timoteo 4:16-18 cuando el mismo apóstol tiempo después le escribió a su discípulo que en su “primera defensa ninguno estuvo a mi lado,… Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que por mí fuese cumplida la predicación, y que todos los gentiles oyesen. Así fui librado de la boca del león. Y el Señor me librará de toda obra mala, y me preservará para su reino celestial.” Y también en Hechos 18:9-10 vemos al Señor sustentando y alentando a Pablo: “Entonces el Señor dijo a Pablo en visión de noche: No temas, sino habla, y no calles; porque yo estoy contigo, y ninguno pondrá sobre ti la mano para hacerte mal, porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad.”

Este testimonio tiene grandes implicancias para la doctrina. Recordemos que el apóstol Pablo era un judío de la más estricta secta de los fariseos, que tenía por demás sabido que “el Señor nuestro Dios, el Señor uno es.” (Deuteronomio 6:4).

El apóstol Pablo tenía el mayor conocimiento de las Sagradas Escrituras del Antiguo Pacto que alguien pudiera tener. Pensemos en que él conocía el idioma hebreo y griego, no tenía las distorsiones culturales que pueden afectar nuestra comprensión, etc. O sea, la exégesis de aquel apóstol, respecto de las Escrituras, era del más alto grado de erudición posible. Y sin embargo, cuando llega el momento de declarar el contenido de la fe cristiana, él hace la siguiente afirmación en 1 Timoteo 3:16

“E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad:

Él/Dios/Cristo fue manifestado en carne, (los manuscritos varían aquí)

Justificado en el Espíritu,

Visto de los ángeles,

Predicado a los gentiles,

Creído en el mundo,

Recibido arriba en gloria.”

 

“Porque quiero que sepáis cuán gran lucha sostengo por vosotros,…para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, hasta alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.” (Colosenses 2:1-3).

Nuestra fe abraza el misterio de Dios y de Cristo, de tal manera que ninguna explicación humana es suficiente para comprender la encarnación de Uno que existía desde antes de la creación. De hecho, el mismo apóstol Pablo escribió que: “En el momento preciso, Cristo será revelado desde el cielo por el bendito y único Dios todopoderoso, el Rey de todos los reyes y el Señor de todos los señores. Él es el único que nunca muere y vive en medio de una luz tan brillante que ningún ser humano puede acercarse a él. Ningún ojo humano jamás lo ha visto y nunca lo hará. ¡Que a él sea todo el honor y el poder para siempre! Amén.” (1 Timoteo 6:15-16)

Si comparamos este pasaje con la revelación dada por el apóstol Juan, concluiremos que el único que habita en esa luz inaccesible (de donde asimismo ha de venir), es nuestro Señor. Así, el evangelio de Juan capítulo 1 versículo 18 nos dice que: “A Dios nadie lo ha visto nunca; el Hijo único, que es Dios y que vive en unión íntima con el Padre, nos lo ha dado a conocer.” (NTV)

Aquí, el misterio de la piedad, el misterio en el que creemos, es que cuando el Señor dijo: “Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo.” (Juan 3:13) estaba haciendo alusión a esa realidad a la que se refirió el apóstol Pablo al hablar de “la sabiduría de Dios oculta”, una sabiduría, que “no es de este siglo, ni de los príncipes de este siglo, que perecen (sino) sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria. Antes bien, como está escrito:

Cosas que ojo no vio, ni oído oyó,

Ni han subido en corazón de hombre,

Son las que Dios ha preparado para los que le aman.

Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.” (1 Corintios 2:6-10).

 

La inestimable promesa a los limpios de corazón, de llegar a ver a Dios, tendrá su cumplimiento final en el glorioso regreso del Señor de la gloria, título que ostenta Jehová en el Antiguo Testamento, pero que, aquel judío perseguidor de la Iglesia de Dios, no dudó en aplicar a Jesús mismo. Y si bien, como el apóstol Pedro escribió, hoy amamos a Jesucristo sin haberlo visto, hemos, no obstante recibido la revelación del Espíritu Santo, por la que podemos entender la siguiente declaración del apóstol Pablo: “… si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios. Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús. Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.” (2 Corintios 4:3-6).

Nunca hubiesen crucificado al Señor de la gloria, si hubiesen recibido esa revelación de Dios de: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, Ni han subido en corazón de hombre”.

Todo esto concuerda con el más fundamental e indiscutible gran misterio de nuestra fe: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” (Juan 1:1).

“A Dios nadie le vio jamás, el unigénito Hijo del Padre lo ha dado a conocer”. Por eso, lo que decimos de Dios se aplica a su Hijo, que es en quien el Dios invisible se manifiesta personal y visiblemente, como Emanuel, “Dios con nosotros”. Por eso, el apóstol Juan en su primera carta capítulo 5 dice lo siguiente: “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios.” (v. 13)

Parecería una redundancia, decirle a los que creen en el nombre, que les escribe para que crean en el nombre. Para entender con claridad qué está diciendo debemos ver el contexto. Este segundo “para que creáis” señala a la confianza en el Hijo. Como dijo el propio Señor en Juan 14:1 “creen en Dios, crean también en mí.”

No ya meramente creer, sino confiar, por eso el pasaje de 1 Juan 5 continúa diciendo: “Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye.” (v. 14). Nuestras oraciones son oídas por Cristo mismo y respondidas por Él. Esto claramente es poner al Hijo en el lugar de Dios, o sea, con Dios el Padre, ejerciendo la autoridad y el poder soberano del Creador. Y no sólo eso, el Espíritu de Cristo es el que guarda a los creyentes, como lo dice a continuación el apóstol Juan: “Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios, no practica el pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca.” (V. 18)

El Hijo de Dios fue engendrado por Dios, salió de Dios, lo cual es diferente a ser creado por Dios. Significa que el Señor Jesús está separado de cualquier criatura en el sentido de que “todo fue creado por medio de él y para él”, para que “todos honren al Hijo como honran al Padre” (Juan 5:23).

Es por esto que Juan sigue escribiendo que “Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno. Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna. Hijitos, guardaos de los ídolos. Amén.” (1 Jn. 5:18-21)

Notemos que el “somos de Dios” está ligado de manera directa e inseparable a pertenecer a Cristo. De hecho, en Cristo se cumplen todas las promesas dadas a Israel en las que Dios mismo se presenta como el Esposo amante y el Guerrero que lucha y salva. Juan termina su primera carta con una afirmación final ligada a que Jesucristo está siendo el verdadero Dios y la vida eterna ("tuyos eran y me los diste"). Él es en cuyo nombre oramos y quien oye nuestras oraciones, quien nos conoce y consuela con su Espíritu, el que nos dispensa la gracia de su perdón intercediendo como abogado ante el Padre, y nos preserva para su reino eterno. Verdaderamente, Cristo es hoy, para nosotros los que creemos en Él, lo que el Padre fue para Jesús “en los días de su carne”. Esto se ve con contundente claridad cuando Esteban, en la hora de su muerte, le pide a Jesús mismo que reciba su espíritu[1].

Este “ser como Dios” que tiene el Hijo, se evidencia también en las palabras del Señor en Juan 14:12-14 “De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.” (v. 12-14).

El Señor dice que Él hará (contestará) las oraciones al Padre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo, o sea, Dios recibe la gloria por lo que hace el Hijo, lo cual equivale a unirlos, de modo que leemos en Apocalipsis 5:13 “Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos.” Y en Apocalipsis 7:10 “clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero.”

 Hemos visto hasta acá, que la identidad de Cristo va mucho más allá de su humanidad mortal de “los días de su carne” (Hebreos 5:7). Y que la revelación de las Escrituras “que dan testimonio de mí”, tal como las señalara el Señor, viene por la obra del Espíritu Santo, que revela al Hijo y al Padre, porque su Espíritu “todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios” (1 Corintios 2:10).

Entonces, con lo visto hasta acá, podemos decir que Jesús, es más que el Siervo de YHWH, es más que un Profeta, es más que el templo sagrado al que iban a adorar los judíos, es más que “el cuerpo del Sacrificio” que se dio en rescate para pagar el precio de la salvación. El es el Salvador del mundo, pero no sólo eso, es también el gran Vencedor de todas las huestes espirituales de maldad, es el Autor de la vida, el Autor y Consumador de la fe, el origen y la meta de nuestra esperanza, es el Camino y el Destino, el Sacerdote y la ofrenda, el dador de la ley, la medida de la Justicia y el propio Juez, Él es la luz de todo ser humano, ¡y quien da vida a todas las cosas! 

El es el Rey glorioso que nos libertó para llevarnos a su reino de delicias sin fin. El que nos amará siempre, el poseedor del eterno e inefable gozo divino, el sublime y perpetuo Amigo, nuestro Redentor, el Hijo de Dios.   

***

Cristo es la plenitud de Dios, es en quien “habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad”, “por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud”. Él es, “el todo y en todos” (Colosenses 3:11). Es el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el principio y el fin (Ap. 1:11, 17, 22:12). Por eso su nombre es supremo, y su persona manifiesta la bendita presencia del Santo, el Señor Dios Todopoderoso, ante cuyo nombre se dobla toda rodilla, y Dios Padre recibe la gloria debida a Él por medio del Hijo unigénito, nuestro glorioso Rey, el Amado.

De esa manera se cumplen y cobran sentido los siguientes pasajes:

 Isaías 48:11 “Por mí, por amor de mí mismo lo haré, para que no sea amancillado mi nombre, y mi honra no la daré a otro.”

Daniel 9:19 “Oye, Señor; oh Señor, perdona; presta oído, Señor, y hazlo; no tardes, por amor de ti mismo, Dios mío; porque tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo.”

Apocalipsis 2:2-4 “Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos; y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado.”

Finalmente, cuando la obra de Jesús como Abogado y Mediador concluya, y el Espíritu del Señor haya suprimido todo dominio y rebelión “en este presente siglo malo”, y todas las cosas sean nuevamente sujetas a sus pies, y la reconciliación esté totalmente consumada, entonces, “luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos”. Esto es lo revelado también al final del libro de Apocalipsis: “Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En medio de la calle de la ciudad,…Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán, y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes.” (Ap. 22:1-4).

“6 Y el Señor, el Dios de los espíritus de los profetas, ha enviado su ángel, para mostrar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto… 12 He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra. 13 Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último… 16 Yo Jesús he enviado mi ángel para daros testimonio de estas cosas en las iglesias. El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús.” (Ap. 22:6, 12-13, 16, 20).

 “El que no amare al Señor Jesucristo, sea anatema. El Señor viene.” (1 Corintios 16:22)

N.M.G.



[1] “Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu.” -Hechos 7:59-

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