“Pero en cuanto a mí, sé que
mi Redentor vive,
y un día por fin estará sobre la tierra.
Y después que mi cuerpo se haya descompuesto,
¡todavía en mi cuerpo veré a Dios!
Yo mismo lo veré; así es, lo
veré con mis propios ojos.
¡Este pensamiento me llena de asombro!”
(Job 19:25-27)
“Saulo, respirando aún amenazas y
muerte contra los discípulos del Señor, vino al sumo sacerdote, y le pidió
cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o
mujeres de este Camino, los trajese presos a Jerusalén. Mas yendo por el
camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un
resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él
dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura
cosa te es dar coces contra el aguijón. Él, temblando y temeroso, dijo: Señor,
¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y
se te dirá lo que debes hacer. Y los hombres que iban con Saulo se pararon
atónitos, oyendo a la verdad la voz, mas sin ver a nadie.” (Hechos 9:1-7)
“El Señor le dijo: Ve, porque instrumento escogido me es este, para
llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos
de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre.”
(Hechos 9:15-16)
El apóstol Pablo fue instrumento escogido del Señor Jesús, al que una vez
redimido el Señor le cambió el nombre, y fortaleció a lo largo de todo su
ministerio, lo cual cumple la palabra profética de Isaías 41:9-10 “Mi siervo eres tú; te escogí, y no te
deseché. No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios
que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi
justicia.”
Esta palabra también encuentra su cumplimiento en 2 Timoteo 4:16-18
cuando el mismo apóstol tiempo después le escribió a su discípulo que en su “primera defensa ninguno estuvo a mi lado,…
Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que por mí fuese
cumplida la predicación, y que todos los gentiles oyesen. Así fui librado de la
boca del león. Y el Señor me librará de toda obra mala, y me preservará para su
reino celestial.” Y también en Hechos 18:9-10 vemos al Señor sustentando y
alentando a Pablo: “Entonces el Señor
dijo a Pablo en visión de noche: No temas, sino habla, y no calles; porque yo
estoy contigo, y ninguno pondrá sobre ti la mano para hacerte mal, porque yo
tengo mucho pueblo en esta ciudad.”
Este testimonio tiene grandes implicancias para la doctrina. Recordemos
que el apóstol Pablo era un judío de la más estricta secta de los fariseos, que
tenía por demás sabido que “el Señor
nuestro Dios, el Señor uno es.” (Deuteronomio 6:4).
El apóstol Pablo tenía el mayor conocimiento de las Sagradas Escrituras del Antiguo Pacto que alguien pudiera tener. Pensemos en que él conocía el idioma hebreo y
griego, no tenía las distorsiones culturales que pueden afectar nuestra
comprensión, etc. O sea, la exégesis de aquel apóstol, respecto de las Escrituras, era del más alto grado de erudición posible. Y sin
embargo, cuando llega el momento de declarar el contenido de la fe cristiana,
él hace la siguiente afirmación en 1 Timoteo 3:16
“E indiscutiblemente, grande es
el misterio de la piedad:
Él/Dios/Cristo fue manifestado en carne, (los manuscritos varían aquí)
Justificado en el Espíritu,
Visto de los ángeles,
Predicado a los gentiles,
Creído en el mundo,
Recibido arriba en gloria.”
“Porque quiero que sepáis cuán gran
lucha sostengo por vosotros,…para que sean consolados sus corazones, unidos en
amor, hasta alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el
Padre, y de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la
sabiduría y del conocimiento.” (Colosenses 2:1-3).
Nuestra fe abraza el misterio de Dios y de Cristo, de tal manera que
ninguna explicación humana es suficiente para comprender la encarnación de Uno que existía desde antes de la creación. De hecho, el
mismo apóstol Pablo escribió que: “En el
momento preciso, Cristo será revelado
desde el cielo por el bendito y único Dios todopoderoso, el Rey de todos los
reyes y el Señor de todos los señores. Él
es el único que nunca muere y vive en medio de una luz tan brillante que ningún
ser humano puede acercarse a él. Ningún ojo humano jamás lo ha visto y nunca lo
hará. ¡Que a él sea todo el honor y el poder para siempre! Amén.” (1
Timoteo 6:15-16)
Si comparamos este pasaje con la revelación dada por el apóstol Juan,
concluiremos que el único que habita en esa luz inaccesible (de donde asimismo ha de venir), es nuestro Señor. Así,
el evangelio de Juan capítulo 1 versículo 18 nos dice que: “A Dios nadie lo ha visto nunca; el Hijo único, que es Dios y que vive
en unión íntima con el Padre, nos lo ha dado a conocer.” (NTV)
Aquí, el misterio de la piedad, el misterio en el que creemos, es que
cuando el Señor dijo: “Nadie subió al
cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el
cielo.” (Juan 3:13) estaba haciendo alusión a esa realidad a la que se refirió
el apóstol Pablo al hablar de “la
sabiduría de Dios oculta”, una sabiduría,
que “no es de este siglo, ni de los
príncipes de este siglo, que perecen (sino) sabiduría de Dios en misterio, la
sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra
gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la
hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria. Antes bien,
como está escrito:
Cosas que ojo no vio, ni oído oyó,
Ni han subido en corazón de hombre,
Son las que Dios ha preparado para
los que le aman.
Pero Dios nos las reveló a nosotros
por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.”
(1 Corintios 2:6-10).
La inestimable promesa a los limpios de corazón, de llegar a ver a Dios,
tendrá su cumplimiento final en el glorioso regreso del Señor de la gloria,
título que ostenta Jehová en el Antiguo Testamento, pero que, aquel judío
perseguidor de la Iglesia de Dios, no dudó en aplicar a Jesús mismo. Y si bien,
como el apóstol Pedro escribió, hoy amamos a Jesucristo sin haberlo visto,
hemos, no obstante recibido la revelación del Espíritu Santo, por la que podemos
entender la siguiente declaración del apóstol Pablo: “… si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden
está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de
los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios. Porque no nos
predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo
como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús. Porque Dios, que mandó que de las tinieblas
resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para
iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.”
(2 Corintios 4:3-6).
Nunca hubiesen crucificado al Señor de la gloria, si hubiesen recibido esa
revelación de Dios de: “Cosas que ojo no
vio, ni oído oyó, Ni han subido en corazón de hombre”.
Todo esto concuerda con el más fundamental e indiscutible gran misterio
de nuestra fe: “En el principio era el
Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” (Juan 1:1).
“A Dios nadie le vio jamás, el unigénito Hijo del Padre lo ha dado a
conocer”. Por eso, lo que decimos de Dios se aplica a su Hijo, que es en
quien el Dios invisible se manifiesta personal y visiblemente, como Emanuel, “Dios con nosotros”. Por eso, el apóstol
Juan en su primera carta capítulo 5 dice lo siguiente: “Estas cosas os he
escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que
sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo
de Dios.” (v. 13)
Parecería una redundancia, decirle a los que creen en el nombre, que les
escribe para que crean en el nombre. Para entender con claridad qué está diciendo debemos
ver el contexto. Este segundo “para que creáis” señala a la confianza en el
Hijo. Como dijo el propio Señor en Juan 14:1 “creen en Dios, crean también en mí.”
No ya meramente creer, sino confiar,
por eso el pasaje de 1 Juan 5 continúa diciendo: “Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa
conforme a su voluntad, él nos oye.” (v. 14). Nuestras oraciones son oídas
por Cristo mismo y respondidas por Él. Esto claramente es poner al Hijo en el
lugar de Dios, o sea, con Dios el Padre, ejerciendo la autoridad y el poder
soberano del Creador. Y no sólo eso, el Espíritu de Cristo es el que guarda a
los creyentes, como lo dice a continuación el apóstol Juan: “Sabemos que todo aquel que ha nacido de
Dios, no practica el pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios le guarda,
y el maligno no le toca.” (V. 18)
El Hijo de Dios fue engendrado por Dios, salió de Dios, lo cual es
diferente a ser creado por Dios. Significa que el Señor Jesús está separado de
cualquier criatura en el sentido de que “todo
fue creado por medio de él y para él”, para que “todos honren al Hijo como honran al Padre” (Juan 5:23).
Es por esto que Juan sigue escribiendo que “Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno. Pero
sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer
al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este
es el verdadero Dios, y la vida eterna. Hijitos, guardaos de los ídolos.
Amén.” (1 Jn. 5:18-21)
Notemos que el “somos de Dios”
está ligado de manera directa e inseparable a pertenecer a Cristo. De
hecho, en Cristo se cumplen todas las promesas dadas a Israel en las que Dios
mismo se presenta como el Esposo amante y el Guerrero que lucha y salva. Juan
termina su primera carta con una afirmación final ligada a que Jesucristo está siendo el
verdadero Dios y la vida eterna ("tuyos eran y me los diste"). Él es en cuyo nombre oramos y quien oye
nuestras oraciones, quien nos conoce y consuela con su Espíritu, el que nos dispensa
la gracia de su perdón intercediendo como abogado ante el Padre, y nos preserva
para su reino eterno. Verdaderamente, Cristo es hoy, para nosotros los que creemos en Él, lo que el
Padre fue para Jesús “en los días de su carne”. Esto se ve con contundente
claridad cuando Esteban, en la hora de su muerte, le pide a Jesús mismo que reciba su
espíritu[1].
Este “ser como Dios” que tiene el Hijo, se evidencia también en las
palabras del Señor en Juan 14:12-14 “De
cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las
hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre. Y todo lo que
pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en
el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.” (v. 12-14).
El Señor dice que Él hará (contestará) las oraciones al Padre, para que
el Padre sea glorificado en el Hijo, o sea, Dios recibe la gloria por lo que
hace el Hijo, lo cual equivale a unirlos, de modo que leemos en Apocalipsis
5:13 “Y a todo lo creado que está
en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas
las cosas que en ellos hay, oí decir: Al
que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la
gloria y el poder, por los siglos de los siglos.” Y en Apocalipsis 7:10
“clamaban
a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en
el trono, y al Cordero.”
Hemos visto hasta acá, que la
identidad de Cristo va mucho más allá de su humanidad mortal de “los días de su
carne” (Hebreos 5:7). Y que la revelación de las Escrituras “que dan testimonio
de mí”, tal como las señalara el Señor, viene por la obra del Espíritu Santo,
que revela al Hijo y al Padre, porque su Espíritu “todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios” (1
Corintios 2:10).
Entonces, con lo visto hasta acá, podemos decir que Jesús, es más que el Siervo de YHWH, es más que un Profeta, es más que el templo sagrado al que iban a adorar los judíos, es más que “el cuerpo del Sacrificio” que se dio en rescate para pagar el precio de la salvación. El es el Salvador del mundo, pero no sólo eso, es también el gran Vencedor de todas las huestes espirituales de maldad, es el Autor de la vida, el Autor y Consumador de la fe, el origen y la meta de nuestra esperanza, es el Camino y el Destino, el Sacerdote y la ofrenda, el dador de la ley, la medida de la Justicia y el propio Juez, Él es la luz de todo ser humano, ¡y quien da vida a todas las cosas!
El es el Rey glorioso que nos libertó para llevarnos a su reino de delicias sin
fin. El que nos amará siempre, el poseedor del eterno e inefable gozo divino, el sublime
y perpetuo Amigo, nuestro Redentor, el Hijo de Dios.
***
Cristo es la plenitud de Dios, es en quien “habita corporalmente toda la
plenitud de la Deidad”, “por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud”. Él es, “el todo y en
todos” (Colosenses 3:11). Es el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el
principio y el fin (Ap. 1:11, 17, 22:12). Por eso su nombre es supremo, y su
persona manifiesta la bendita presencia del Santo, el Señor Dios Todopoderoso, ante
cuyo nombre se dobla toda rodilla, y Dios Padre recibe la gloria debida a Él
por medio del Hijo unigénito, nuestro glorioso Rey, el Amado.
De esa manera se cumplen y cobran sentido los siguientes pasajes:
Isaías 48:11 “Por mí, por amor
de mí mismo lo haré, para que no sea amancillado mi nombre, y mi honra
no la daré a otro.”
Daniel 9:19 “Oye, Señor; oh Señor, perdona; presta oído, Señor, y
hazlo; no tardes, por amor de ti mismo, Dios mío; porque tu nombre es invocado
sobre tu ciudad y sobre tu pueblo.”
Apocalipsis
2:2-4 “Yo conozco tus obras, y tu arduo
trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los
que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos; y has
sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi
nombre, y no has desmayado.”
Finalmente,
cuando la obra de Jesús como Abogado y Mediador concluya, y el Espíritu del
Señor haya suprimido todo dominio y rebelión “en este presente siglo malo”, y
todas las cosas sean nuevamente sujetas a sus pies, y la reconciliación esté totalmente
consumada, entonces, “luego que todas las
cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo se sujetará al que le sujetó a
él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos”. Esto
es lo revelado también al final del libro de Apocalipsis: “Después me mostró un río limpio
de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y
del Cordero. En medio de la calle de la ciudad,…Y no habrá más maldición; y el
trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán, y verán
su rostro, y su nombre estará en sus frentes.” (Ap. 22:1-4).
“6 Y el Señor, el Dios de los espíritus de los profetas, ha enviado su
ángel, para mostrar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto… 12 He aquí yo vengo pronto, y mi galardón
conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra. 13 Yo soy el Alfa y
la Omega, el principio y el fin, el primero y el último… 16 Yo Jesús he enviado mi ángel para daros
testimonio de estas cosas en las iglesias.
El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús.” (Ap. 22:6, 12-13, 16, 20).
“El que
no amare al Señor Jesucristo, sea anatema. El Señor viene.” (1
Corintios 16:22)
N.M.G.
[1] “Y apedreaban a Esteban, mientras él
invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu.” -Hechos 7:59-

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