Para todos los sedientos
La sed es una necesidad
fisiológica que despierta en nosotros un deseo de beber agua o algo líquido. La
lógica y la razón nos enseñan que la sed no existiría si antes no hubiese
existido el agua. En el mundo que Dios creó, las cosas no existen de manera
independiente y autónoma. Todo está interrelacionado. El aire, la lluvia, el
ciclo del agua, las plantas, los ecosistemas, todo es parte de un intrincado universo
de procesos y relaciones en los que todas las cosas encuentran su sentido
o razón de ser, en la existencia de algo
más.
El propio Señor Jesús dirigió la
mirada de sus oyentes a los lirios y los pájaros, para que podamos ver más allá
de esas cosas creadas, y considerar a Aquel que las creó. Por lo tanto oímos
que el Señor nos dice: “Y si la hierba
del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará
mucho más a vosotros, hombres de poca fe?” (Mateo 6:30).
La hierba es pasajera, y es a lo
que la propia Escritura compara nuestra vida: “El hermano que es de humilde condición, gloríese en su exaltación;
pero el que es rico, en su humillación; porque él pasará como la flor de la
hierba. Porque cuando sale el sol con calor abrasador, la hierba se seca, su
flor se cae, y perece su hermosa apariencia; así también se marchitará el rico
en todas sus empresas.” (Santiago 1:9-11).
Aunque la vida del hombre es comparada con la fugacidad de la hierba, hay una exaltación a la que es llamado. Pero esta exaltación no es
carnal ni terrenal, es una exaltación futura que será llevada a cabo por el mismo Dios que le
ha dado hermosura a las flores que apenas duran días. La pregunta que el propio Señor nos plantea entonces es, si no hemos de creer en que Dios puede hacer "mucho más a vosotros, hombres de poca fe”.
Las preciosas y grandísimas promesas
del evangelio apuntan al reino eterno de Dios y de Cristo, un reino que en
palabras de aquel pescador de galilea devenido en apóstol, contiene “una herencia incorruptible, incontaminada e
inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el
poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada
para ser manifestada en el tiempo postrero.” (1 Pedro 1:4-5).
La fe que cree en un Dios todopoderoso,
es la que comprende que, así como nuestra sed física se debe a la existencia de
agua, nuestra sed espiritual, que se refleja en el sentido de la trascendencia
de la vida, del amor relacional, y de nuestro propósito eterno y el anhelo por
perdurar y disfrutar de la creación, solo puede ser saciada por cosas que no pertenecen
a este mundo. Porque el mundo en el que vivimos es un mundo sujeto a
corrupción, un mundo temporal, un mundo que se deteriora y pasa, en el que las
cosas se marchitan y mueren. En cambio, las palabras que salieron de los labios
de Jesús “son espíritu y son vida”
(Juan 6:63), solo en estas palabras encontramos el alimento que necesita el
alma sedienta de la vida que viene de Dios.
“Dios, Dios mío eres tú; De
madrugada te buscaré; Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, En tierra
seca y árida donde no hay aguas,” (Salmos 63:1).
Para todo el que busca a Dios,
hay un deseo, una necesidad en su interior, porque Dios existe.
Y Dios no ha dejado al ser humano
abandonado a su suerte. Él ha hablado muchas veces en el pasado a través de sus
profetas, y, finalmente, nos habló por medio de su Hijo, el Señor Jesucristo.
Él fue quien le dijo a una mujer samaritana: “Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que
bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo
le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.” (Juan
4:13-14).
¿De qué se trata el agua que Jesús ofrece?
La respuesta está en la propia
Biblia, en el libro de Apocalipsis leemos: “Y el que estaba sentado en el trono dijo:
He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras
son fieles y verdaderas. Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el
principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente
del agua de la vida. El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su
Dios, y él será mi hijo.” (21:5-7).
Esa agua, no proviene de este
mundo, sino que proviene de “la fuente del agua de la vida”. ¿Sabes de quién proviene
la vida de esa agua? El apóstol Juan lo declara en su evangelio “En él (el Hijo de Dios) estaba la vida, y
la vida era la luz de los hombres.” (Juan 1:4). Jesús es la vida eterna, y
por eso la Escritura declara: “Y él es
antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten” (Colosenses
1:17).
De una manera que no podemos
explicar con nuestra finita y limitada mente, Cristo trasciende la naturaleza
humana de la que tomó parte, y “sustenta todas las cosas con la palabra de su
poder” (Hebreos 1:3). Esto nos llama a poner nuestra esperanza, nuestra mirada,
nuestra confianza y nuestros deseos, en Él. El autor y consumador de nuestra
fe. Es Jesús quien nos ha dado la posibilidad de creer, porque Él es desde
antes de la creación del mundo, el Cordero que con su vida iba a redimir a los
hombres y mujeres que, hoy, somos llamados a través del evangelio a la
esperanza de la vida venidera, una vida más allá de este tiempo, una vida real,
gloriosa, plena, donde la justicia y la verdad no se verán nunca más afectadas,
donde el pecado y los malvados no tendrán lugar, y donde los enemigos de Dios
habrán quedado “excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder”
(2 Tesalonicenses 1:9).
Por esto, solo si verdaderamente
hemos creído en el testimonio de la resurrección de Cristo Jesús, sólo si
recibimos sus palabras como verdadera palabra de Dios, podremos recibir el “agua
que salte para vida eterna”. El Señor sacia la sed de los pobres en espíritu,
los que ahora lloramos y tenemos hambre y sed de justicia, los que no podemos
encontrar satisfacción duradera en las cosas materiales de este mundo, los que aborrecemos
nuestra propia corrupción moral, y nuestras miserables debilidades humanas. Sí,
el Señor hará nuevas todas las cosas,
y en esas cosas estamos incluidos nosotros, sus ovejas, como el apóstol Pablo
escribió: “nosotros mismos, que tenemos
las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos,
esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza
fuimos salvos” (Romanos 8:23-24). “De modo que si alguno está en Cristo,
nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” (2
Corintios 5:17).
La palabra profética declara por
pluma del rey David: “En cuanto a mí,
veré tu rostro en justicia; Estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza.”
(Salmos 17:15).
Los limpios de corazón verán a Dios.
Es la promesa de nuestro Señor, para todos los que rehusamos ser saciados
por la vanagloria y los deseos de los ojos y la carne que ofrece el mundo. Para
los que aman a Dios, la promesa es que “despertaremos a su semejanza”. Esta es
la promesa de ver a Jesús, tal como Él es. No como fue visto en los días de su
carne, sino como Aquel ante cuya presencia el apóstol Juan cayó como muerto (ver Ap. 1:17). “El que venciere heredará todas las cosas, y
yo seré su Dios, y él será mi hijo” (Ap. 21:7). ¿Es esta una última promesa de
Jesús? Yo creo que sí.
Nuestra fe, hermanos y hermanas,
no espera que este mundo cambie, por el contrario, sabemos que la maldad se ha multiplicado,
y sabemos que todo pasará, y que aun si alguno ganare el mundo, su alma vale
mucho más que todo, y nada ni nadie en este mundo puede rescatar nuestra alma,
sino solo Aquel que pagó el precio para su redención. Por lo tanto, la sed del
alma del cristiano ha sido saciada por la palabra del que dijo: “Yo soy el Camino, y la Verdad, y la vida,
nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). En Cristo encontramos la
razón de nuestra existencia, la verdad acerca de nuestra identidad, el futuro y
un destino al cual marchar. Porque “todo
fue creado por medio de él y para él.” (Colosenses 1:16).
“Me has guiado según tu consejo, Y después me recibirás en gloria.
¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en
la tierra.
Mi carne y mi corazón desfallecen; Mas la roca de mi corazón y mi
porción es Dios para siempre.” Salmos 73:24-26
Por eso, nuestra fe se une al
apóstol Pablo para declarar con la certeza de quien ha creído en Aquel que murió
y resucitó, y hoy, sentado a la diestra de su Padre, en el trono de la majestad
divina, sustenta todas las cosas con su poder, que: “nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al
Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación
nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con
el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.” (Filipenses
3:20-21).
Amigo, ¿esta tu alma sedienta de
algo que supera las apariencias pasajeras y superficiales de este mundo? Hace
2700 años el Señor ya nos anunciaba lo que hemos considerado hoy:
“A todos los sedientos: Venid a las aguas; y
los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y
sin precio, vino y leche. ¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y
vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se
deleitará vuestra alma con grosura. Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y
vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes
a David.” (Isaías 55:1-3).
Hermano, ¿se deleita tu alma en
la verdad que está en Jesús? ¿Has sido
saciado con la vida eterna que Cristo ofrece a todo aquel que cree a sus
palabras? ¿Ha hallado tu alma esta vida escondida a los ojos ciegos de este mundo
incrédulo? ¿Has atesorado a Jesús como tu Señor y Salvador, como lo más
importante, tu amor más grande, el más alto refugio, tu ayuda y tu escudo, tu
Amigo, tu Abogado, tu Redentor y tu resurrección?
Que podamos decir con aquel que
tuvo un corazón conforme al del Señor: “Jesús
es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará
descansar; Junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma; Me guiará
por sendas de justicia por amor de su nombre.” (Salmos 23:1-3).
Jesús les dijo: “Yo soy la puerta; el que por mí entrare,
será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos. El ladrón no viene sino para
hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan
en abundancia. Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas.”
(Juan 10:9-11).
Amén.
N.M.G.

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