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“para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, hasta alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo” (Colosenses 2:2)
“para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él,” (Efesios 1:17)
“leyendo lo cual podéis entender cuál sea mi conocimiento en el misterio de Cristo,” (Efesios 3:4)
"a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:12-13)
“creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.” (2 Pedro 3:18)
Lo verdaderamente singular de la fe cristiana se halla en el lugar que
ocupa Cristo en el corazón del creyente, porque “el cristianismo es la única
religión del mundo que se basa en la Persona de su Fundador. Uno puede ser un
fiel mahometano sin que tenga nada que ver con la persona de Mahoma. Igualmente
puede ser un verdadero y fiel budista aunque no sepa de Buda absolutamente
nada. Con el cristianismo pasa algo totalmente diferente. El cristianismo está
ligado a Cristo de un modo tan indisoluble, que nuestra visión de la Persona de
Cristo comporta y determina nuestra visión del cristianismo” (W. H. Griffith
Thomas citado en Diccionario Teológico Ilustrado de Francisco Lacueva, Ed.
Clie, p. 208)
¿Qué lugar ocupa el Señor Jesús en nuestro
corazón?
Existe un debate que comenzó en los mismos días en que Jesús caminó en
persona por este mundo. ¿Quién dicen los hombres que soy? Fue la pregunta que
el propio Señor hizo. Y, aun cuando la respuesta correcta no se hizo esperar (“Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo”),
la discusión sobre la naturaleza del Hijo y su relación con el Padre, no
solo fue objeto de estudio por los concilios de ancianos de los primeros
siglos, sino ya incluso en la propia carta del apóstol Juan vemos cómo él
advierte sobre los falsos profetas que salieron por el mundo los cuales “No confiesan que Jesús ha venido en carne”.
Ahora bien,
antes de esos debates debemos ver la importancia y necesidad de que tales
confrontaciones tengan lugar. ¿Cuál es la razón por la que el conocimiento
correcto acerca de Jesús se vuelve tan crucial para nuestra fe? O dicho de otro modo,
¿resulta esencial a la fe el conocimiento del Jesús auténtico, el Cristo
verdadero?[1]
Voy a tratar de
contestar esta última pregunta, yendo primero al pasado donde Dios mismo habló
por medio de Moisés en Éxodo capítulo 20 del 1 al 6.
“Y habló Dios todas estas
palabras, diciendo: 2 Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de
Egipto, de casa de servidumbre. 3 No tendrás dioses ajenos delante de mí. 4 No
te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni
abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. 5 No te inclinarás a
ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que
visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta
generación de los que me aborrecen, 6 y hago misericordia a millares, a los que
me aman y guardan mis mandamientos.”
En este pasaje de Éxodo estamos ante el primero de los llamados Diez
Mandamientos. Primero Dios se identifica con una obra específica, como fue la
liberación del pueblo judío de Egipto. El Dios fuerte interviene en la historia
de los pueblos, y demanda que sus escogidos se aparten para adorar y servirle sólo a Él. Para eso, Dios se convirtió en su Libertador, quien ahora entonces
les ordena no tener ningún otro dios
delante suyo. La exclusividad es requerida, las imágenes prohibidas, el
inclinarse u honrar algo, fuera de Jehová, es maldad (versículo 5). Asimismo, en
estas palabras hallamos una forma de ser de Dios, quien se describe como celoso y fuerte, y que hace misericordia a quienes lo aman.
El punto clave entonces, es el amor a Dios. Dios está interesado especialmente en
los que lo aman (v.6), Él es galardonador de quienes lo buscan (Heb. 11:6). El
Padre busca verdaderos adoradores (Jn 4:26). Es pues el amor a Dios el corazón
de la verdadera piedad y de la fidelidad a su Persona. “Amo a Jehová, pues ha oído mi voz y mis suplicas” (Salmos 116:1).
Es la clase de amor por el cual la Escritura nos muestra que Dios buscó “un varón conforme a su corazón” (1
Samuel 13:14) hallándolo en David[2],
y es la clase de amor por el cual el apóstol Pablo luchaba para que los
discípulos no fueran extraviados de su “sincera
fidelidad a Cristo”, porque los celaba “con
celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como
una virgen pura a Cristo” (2
Corintios 11:2-3). Está claro que la figura del Esposo y su esposa, es una
relación que viene a ilustra el mayor amor e intimidad de todos. “Nadie tiene mayor amor que este, que uno
ponga su vida por sus amigos.” (Juan 15:13). Abraham, el padre de la fe,
fue llamado amigo de Dios por cuanto
le creyó, nosotros somos de la fe en Jesucristo, llamados a ser sus amigos, al
hacer lo que Él nos ha mandado. “Si me
aman, guarden mis mandamientos” (Juan 14:15).
El amor a Dios, va más allá de los beneficios que Jehová prodiga a su creación, es el amor que lo busca a Él mismo. "Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?" (Salmos 42:2)
Y para ser hallado, Él fue quien, siendo los israelitas esclavos sin nada
que ofrecer, los sacó del dominio de Egipto, que es un arquetipo del mundo,
para que ellos sean suyos. Los sacó para que sean el pueblo de Dios. El deseo
de Dios es que sus redimidos experimenten estas palabras: “Porque pondré mis ojos sobre ellos para bien, y los volveré a esta
tierra, y los edificaré, y no los destruiré;
los plantaré y no los arrancaré. Y les daré corazón para que me conozcan que yo soy Jehová; y me
serán por pueblo, y yo les seré a ellos por Dios; porque se volverán a mí de
todo su corazón.” (Jeremías 24:6-7).
El nuevo corazón que recibimos para conocer que él es Jehová, es el conocimiento que nos lleva a acercarnos a Dios de todo corazón, y para amarlo más que a padre o madre, esposa o hijo e hija. O sea, cuando todo tu corazón se enfoca en alguien, ese “alguien” es lo más importante para vos. La preeminencia de Dios, su supremacía, su exclusivo lugar en el trono de nuestro corazón, sólo puede ser posible cuando lo conocemos y amamos como tal[3]. Para eso Pablo ora para que seamos “fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.” (Efesios 3:16-19). Notemos la relación entre comprender el amor de Cristo con la plenitud de Dios, y el que Cristo habite en nuestros corazones.
Dios quiere que lo conozcamos, que conozcamos el rostro de Jehová[4].
¿Quién es el Dios fuerte y celoso que me amó y quiere que sea solo suyo, que me ha dado mandamientos y
me dice cómo debo vivir, servirle y agradarle? Es el Dios que se revela dándose a conocer a través de Aquel que envió al mundo. Por eso, el Padre quiere que conozcamos
quien es su Hijo único, de quien nos dice: “Este es mi hijo amado, a él
oíd” (Lucas 9:35) y “Escrito está en
los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al
Padre, y aprendió de él, viene a mí.” (Juan
6:45).
“Todas las cosas me fueron
entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre
conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.” (Mateo
11:27).
Amigo lector, ¿has recibido la revelación de este conocimiento del Padre y del Hijo? En breve voy a continuar con este tema, para que sigamos considerando a través de las Escrituras, más acerca del conocimiento de Dios, el Padre, y su Hijo, nuestro Señor Jesucristo.
Dios te bendiga.
[1] Si
consideramos que el Señor dijo que edificaría su iglesia sobre una Roca (Mateo
16:18), y que su apóstol Pablo afirmó que no puede ponerse otro fundamento que
Jesús el Cristo (1 Corintios 3:11), no cabe duda de la importancia de recibir
la revelación del Padre respecto del Hijo.
[2] “He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, Y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría… Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado;… Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.” (Salmos 51:6,17). “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera.” (Juan 6:37).
[3]
Deuteronomio 10:21 “Él es el objeto de tu alabanza, y él es tu Dios, que ha
hecho contigo estas cosas grandes y terribles que tus ojos han visto.”
[4]
2 Corintios 4-:6 “… el dios de este siglo cegó el entendimiento de los
incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de
Cristo, el cual es la imagen de Dios… predicamos a … Jesucristo como Señor…
Porque Dios…, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación
del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.”

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