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La Revelación del Padre y del Hijo (tercera parte)

 



Consideremos ahora un pasaje donde podemos ver, al menos, dos cosas. La primera, es al propio Señor Jesús interesado en considerar la identidad del Cristo, si bien en el propio pasaje él no da una respuesta. La segunda, es que la identidad del Cristo, se vincula a su existencia previa al nacimiento del Señor Jesús en el mundo. Veamos el pasaje en el capítulo 22 de Mateo: “41 Y estando juntos los fariseos, Jesús les preguntó, 42 diciendo: ¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo? Le dijeron: De David. 43 Él les dijo: ¿Pues cómo David en el Espíritu le llama Señor, diciendo:

44 Dijo el Señor a mi Señor:

Siéntate a mi derecha,

Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies?

45 Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su hijo? 46 Y nadie le podía responder palabra; ni osó alguno desde aquel día preguntarle más.” (vv. 41-46)

El Señor no da una respuesta, ni Mateo añade ningún comentario. La pregunta queda abierta, si bien el resto de los relatos de los evangelios nos permiten avanzar hacia la respuesta a esa pregunta inicial que planteó el propio Señor “¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo?”

Dijimos que la verdadera identidad del Cristo, radica en su existencia previa a su nacimiento como Jesús, el hombre hijo de María, en el mundo ("ya no lo conocemos así" 2 Corintios 5:16). Esto es precisamente lo que estaba implicando el Señor Jesús, cuando al citar las palabras de David en el Espíritu, se estaba identificando (implícitamente) con Aquel a quien David llamaba Señor. 

Y esto es a lo que señalamos en el comienzo de esta serie, cuando dijimos que el propio apóstol Juan en su primera carta, advierte contra la falsa enseñanza que niega que Jesús vino en carne. Es una obviedad que todo ser humano nace en este mundo en un cuerpo de carne y hueso. La diferencia esencial con Jesús, es que Él vino al mundo, desde el cielo (“salí del Padre” Jn. 16:28). Cómo Él mismo lo afirma, según el registro del Evangelio: “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38).

Esto es precisamente lo que está implicado en la advertencia del apóstol Juan contra los falsos profetas (y el espíritu del anticristo). Porque la confesión de que ese mismo Jesús que nació, ya era, antes de venir al mundo, es lo que hace a la verdadera identidad de Jesús, como vimos en el pasaje en el que David llama Señor al Cristo. Y esta es la advertencia de Juan contra los falsos maestros: “Este es anticristo, el que niega al Padre y al Hijo.” (1 Juan 2:22). No es que nieguen a uno o al otro, sino que niegan la revelación de la Deidad en Cristo: el Padre en el Hijo y el Hijo en el Padre, y que nadie conoce al Padre ni al Hijo, sino por revelación del Espíritu Santo de Dios (ver 1 Corintios 2:10-16).

 Por lo tanto, en la revelación del Hijo de Dios que nos trae el Evangelio de Juan, encontramos la clara enseñanza de que el Hijo era desde el principio. Y por eso también, cuando este mismo apóstol escribe su primera carta denunciando falsas enseñanzas con respecto a Jesús, él reitera lo que desde el principio de su Evangelio señaló como la más trascendente verdad: “En el principio ya era la Palabra…” (Juan 1:1).

Así, en el comienzo de la primera carta del apóstol Juan, él nos dice: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó)” (1 Juan 1:1-2)

Juan está diciendo que la vida eterna que estaba con el Padre es Cristo mismo, lo cual, implica la eternidad del Señor. Vemos entonces esa existencia de Cristo, no meramente antes de que Abraham naciera, sino aun más, antes de la fundación del mundo, esto es, antes de la existencia del tiempo. La Escritura revela que el Señor estaba en el principio con Dios, tal como afirma Juan 1:1, y aun más, Juan añade que Él “era Dios”, o sea, uno con el Padre, antes que ningún otro ser hubiera sido creado[1]. En ese principio, el Señor en su oración de Juan 17:5, habla de la existencia de "aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese”. El Cordero inmolado desde antes de la fundación del mundo, dejó la gloria eterna en la que estaba con el Padre antes del comienzo del tiempo para venir a manifestar al Invisible, y hablarnos “cara a cara, como habla cualquiera a su compañero” (Éxodo 33:11)[2].

Esta es la confesión a la que se refiere el apóstol Juan. No confesar la existencia de Cristo antes de su encarnación, es negar el gran misterio de la piedad que declara Pablo en 1 Timoteo 3:16, en el que la manifestación “en carne”, presupone una existencia anterior "en forma de Dios" (Fil. 2:6). Y aun más, negar que Él ya era en el principio, es rebajarlo al nivel de una criatura, lo cual, hace que su naturaleza y dignidad divinas que sustentan la legitimidad de su adoración, se vean invalidadas. 

El Hijo ya conocía su destino al que se ofreció voluntariamente.

Cuando Dios planeó la salvación, el Señor estaba con el Padre (“porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó)”. Vemos que el Hijo ya era aun antes que hubiera día, tal como dice Jehová de sí mismo. Esto resultaría una obviedad para el Dios que conocemos en la abstracción de la razón filosófica y la lógica, el Dios conceptualizado por mentes como la de Aristóteles y otros grandes pensadores. Pero para ser testigos de uno que conocemos más allá de la carne (más allá de haber sido el hijo de José y María en una remota aldea judía), su existencia junto al Padre antes que el tiempo siquiera comenzara, nos exige entender su Persona a la luz de la eterna Deidad de la que participa desde el principio: “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella…. Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.” (Juan 1:3-5, 9-10).

Si consideramos este pasaje de Juan con las Sagradas Escrituras que cita el autor de Hebreos, encontramos la misma verdad fundamental, Cristo vino por su propia decisión: “Por lo cual, entrando en el mundo dice:

Sacrificio y ofrenda no quisiste;

Mas me preparaste cuerpo.

Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron.

 Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad,

Como en el rollo del libro está escrito de mí.

Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley), y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último.” (Hebreos 10:5-9)

Hay un Dios que intuimos por la razón, al que todos podemos llegar a reconocer a través de las cosas creadas, por medio de las cuales ha manifestado lo invisible de Él, su eterno poder y deidad, como escribió el apóstol Pablo. Ese Dios, a quien “los cielos de los cielos no lo pueden contener”, es en quien “somos, vivimos y nos movemos” (Hechos 17). Pero hay una revelación de ese mismo Dios que vemos a lo largo de la Biblia, en donde Dios también entra en acción, no sólo a través, o desde afuera, sino desde dentro mismo de la creación, en la cual su manifestación directa tiene lugar en su relación personal con hombres y mujeres[3].

Todas las manifestaciones visibles de Jehová Dios a través de la historia del Antiguo Testamento concluyen con la manifestación del Hijo de Dios, que el apóstol Pablo señala como el indiscutible gran misterio de la piedad. El poder de Dios sacó a la luz la inmortalidad, porque existe una verdadera alegría en Dios Padre que celebra la obra de su Hijo (“quita lo primero, para establecer esto último”), quien por el gozo puesto delante de Él, venció a la muerte para salvarnos y darnos vida eterna, y volver a la diestra del Padre.

Por esa intervención personal es que somos redimidos por nadie más que Dios mismo, “Dios mismo vendrá y nos salvará” (Isaías 35:4). “Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien salve.” (Isaías 43:11). Sí, fuera de Jesús no hay quien salve, y la Escritura señala que “Dios nuestro Salvador, … nos salvó, … por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador” (Tito 3:4-6). El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo obran la salvación del creyente, de manera que, siempre hallamos a los tres obrando en la redención. El Padre envió al Hijo, y el Hijo envió al Espíritu Santo de Dios.

Sigamos considerando la Escritura. Isaías 45 declara: “15 Verdaderamente tú eres Dios que te encubres, Dios de Israel, que salvas. 16 Confusos y avergonzados serán todos ellos; irán con afrenta todos los fabricadores de imágenes. 17 Israel será salvo en Jehová con salvación eterna; no os avergonzaréis ni os afrentaréis, por todos los siglos… 21 Proclamad, y hacedlos acercarse, y entren todos en consulta; ¿quién hizo oír esto desde el principio, y lo tiene dicho desde entonces, sino yo Jehová? Y no hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador; ningún otro fuera de mí.”

Somos salvos en Jesús, no meramente como el siervo en el que Dios cargó todos nuestros pecados, no sólo como nuestro sustituto y el que cumplió las demandas de la Ley. Somos salvados por Cristo, porque siendo aún enemigos de Dios, Él nos amó. Nos salvó para Dios su Padre y para Él mismo, ya que esa reconciliación nos lleva al Padre que es donde está Cristo “desde la eternidad y hasta la eternidad”. Por eso leemos que es Dios quien nos reconcilió consigo mismo, como lo afirma Pablo cuando escribe que 2 Corintios 5:18-20

18 Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; 19 que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. 20 Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.

Los paralelos entre el ruego en el nombre de Cristo y de parte de Dios, hacen evidente la unidad del Padre y de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

***

 "Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien salve." (Is. 43:11)

¿Qué significa la expresión “fuera de mí”? 

Bueno, el mismo contexto nos señala la respuesta: Yo Jehová. Solo el Dios justo y Salvador es quien salva. Jehová es nuestro Salvador. Este título es exclusivo de Jehová Dios en el libro del profeta Isaías. Sin embargo, venida “la gracia y la verdad”, la revelación del nombre de Jehová como “Salvación mía” y “mi Justicia” reposa sobre el Hijo de Dios: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” (Hechos 4:12). Las Escrituras dan testimonio de nuestro glorioso Señor Jesucristo, Él es el que cumple esta poderosa profecía de Isaías “Jehová saldrá como gigante, y como hombre de guerra despertará celo; gritará, voceará, se esforzará sobre sus enemigos.” (Isaías 42:13). 

Sabemos que la eterna victoria se consumó en la cruz. Fue allí que nuestro Señor clamó a gran voz: “Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? … Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu (Mateo 27:46)

Isaías 12:2 declara: “He aquí Dios es salvación mía; me aseguraré y no temeré; porque mi fortaleza y mi canción es JAH Jehová, quien ha sido salvación para mí.

Isaías 45:24 “Y se dirá de mí: Ciertamente en Jehová está la justicia y la fuerza;”

Filipenses 3:8-10 “… la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe”.

Hebreos 12:2 “…puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe”.

 Todo esto es resumido en la carta a Tito 1:3-4 donde leemos que “a su debido tiempo manifestó su palabra por medio de la predicación que me fue encomendada por mandato de Dios nuestro Salvador, a Tito, verdadero hijo en la común fe: Gracia, misericordia y paz, de Dios Padre y del Señor Jesucristo nuestro Salvador."

También Pablo se refiere a la doctrina de Cristo siendo la doctrina de Dios nuestro Salvador en Tito 2:10 “no defraudando, sino mostrándose fieles en todo, para que en todo adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador.” Y en Tito 2:13 Pablo vuelve a señalar como nuestro Salvador a Jesucristo, de quien aguardamos “la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo”.

Luego en Tito 3:4-6 se nos dice que “cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres,… nos salvó…por medio… del Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por medio de Jesús el Mesías nuestro Salvador.”

Hay en esta revelación de Cristo un punto crucial. Las alabanzas dadas a Dios en el Antiguo Testamento se contraponen a la confianza en los ídolos. Cualquier hombre o ser a quien se acuda o ame como a Dios, es un ídolo. Así leemos en Isaías 42: 12 Den gloria a Jehová, y anuncien sus loores en las costas. 13 Jehová saldrá como gigante, y como hombre de guerra despertará celo; gritará, voceará, se esforzará sobre sus enemigos. 14 Desde el siglo he callado, he guardado silencio, y me he detenido; daré voces como la que está de parto; asolaré y devoraré juntamente. 15 Convertiré en soledad montes y collados, haré secar toda su hierba; los ríos tornaré en islas, y secaré los estanques. 16 Y guiaré a los ciegos por camino que no sabían, les haré andar por sendas que no habían conocido; delante de ellos cambiaré las tinieblas en luz, y lo escabroso en llanura. Estas cosas les haré, y no los desampararé. 17 Serán vueltos atrás y en extremo confundidos los que confían en ídolos, y dicen a las imágenes de fundición: Vosotros sois nuestros dioses.”

Confiar en un ídolo es ilustrado con la práctica idolátrica de las imágenes a las que vemos, por ejemplo, en Hechos 17, cuando el apóstol Pablo les predicó a los atenienses. Pero nosotros somos llamados a confiar en Jesús mismo. Y esto es posible sólo si Él es el Señor en los términos que el Antiguo Testamento lo declara, los cuales concuerdan con la revelación del apóstol Pablo en su carta a los Colosenses. Este paso de fe requiere entonces la revelación de que, que Jesús sea el Señor, no es meramente un título que Dios Padre le dio, sino la dignidad e identidad que siempre tuvo con Dios, su Padre, como "Dios sobre todas las cosas” (Romanos 9:5). Por lo cual el Padre "del Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo...” (Hebreos 1:8).

Es por eso que hallamos en la carta a los Filipenses que, Cristo,“siendo por naturaleza (en forma de) Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo…”. Claramente Pablo señala una naturaleza divina del Hijo igualándolo con el Padre: “no estimó el ser igual a Dios”. Esta igualdad era obviamente anterior al momento en que se despojó a sí mismo para venir al mundo en semejanza humana (ver Romanos 8:3) para hacer la obra sacrificial de Sumo Sacerdote.

Asimismo, al contraponer a Cristo con los ídolos, estamos atribuyendo al Señor el poder de Dios mismo. Esto es lo que encontramos en Colosenses, donde Pablo exalta a Cristo mostrando que su lugar en la creación y frente a las cosas creadas, es de total preeminencia y supremacía, lo cual le corresponde como morada de la Deidad en total plenitud. Si así no fuera, no correspondería que el apóstol se esforzara por defender la gloria de Cristo al decir que: 15 Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. 16 Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. 17 Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; 18 y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; 19 por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, 20 y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. 21 Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado 22 en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él; 23 si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe.” (Colosenses 1).

Seremos presentados delante de Él, es decir, Cristo. Y a este respecto encontramos en la carta de Judas lo siguiente: “… aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén.” (v. 24-25).

¿Es Cristo poderoso para guardarnos hasta el fin? ¿Es poderoso para salvar? ¿Es el Salvador del mundo? ¿Tienen sus manos poder para librarnos del mal? ¿Está el poder del Todopoderoso reposando sobre Él cual invencible Comandante de las huestes celestiales? ¿Tiene su voz la autoridad y el poder para levantar los muertos del polvo de la tierra? ¿Tiene su Espíritu poder, amor y dominio sobre el mal? ¿Tiene Él inmortalidad?

La Escritura nos permite responder afirmativamente, porque Él es “el Verbo de Dios” (Ap. 19:13), es “la resurrección y la vida” (Juan11:25), es el Pastor que nos da vida y en cuyas manos descansamos (Juan 10), es el Rey de gloria que ganó la batalla por nosotros (Salmos 24). Por eso se nos llama a fortalecernos “en el Señor, y en el poder de su fuerza” (Efesios 6:10), porque por la fe en Él podemos decir, “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” (Filipenses 4:13). Sabiendo que “somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.” (Romanos 8:37). Amén.

***

N.M.G.

 Continuará. 




[1] Notemos que la Escritura habla de la creación de Lucifer en Ezequiel 28:13, pero del Hijo leemos en Colosenses 1:17 que “él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten”. Quien guste consultar todas las traducciones de este versículo de Colosenses encontrará que todas indican que Cristo ya existía antes de que las cosas comenzaran a existir.

[2] Consideremos también Números 12:8 cuando Dios mismo declara “Cara a cara hablaré con él, y claramente, y no por figuras; y verá la apariencia de Jehová. ¿Por qué, pues, no tuvisteis temor de hablar contra mi siervo Moisés?”

[3] Ejemplos de la intervención directa de Dios: Jueces 6:22 “Viendo entonces Gedeón que era el ángel de Jehová, dijo: Ah, Señor Jehová, que he visto al ángel de Jehová cara a cara.”, Jueces 13:21-22 “Y el ángel de Jehová no volvió a aparecer a Manoa ni a su mujer. Entonces conoció Manoa que era el ángel de Jehová. Y dijo Manoa a su mujer: Ciertamente moriremos, porque a Dios hemos visto.”. Y de su presencia visible Salmos 84:7 “Irán de poder en poder; Verán a Dios en Sion.” Y Apocalipsis 1:7-8 “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él. Sí, amén. Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso.”. “El Señor viene” (1 Corintios 16:22).

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