Consideremos ahora un pasaje donde podemos
ver, al menos, dos cosas. La primera, es al propio Señor Jesús interesado en considerar
la identidad del Cristo, si bien en el propio pasaje él no da una respuesta. La
segunda, es que la identidad del Cristo, se vincula a su existencia previa al nacimiento
del Señor Jesús en el mundo. Veamos el pasaje en el capítulo 22 de Mateo: “41 Y
estando juntos los fariseos, Jesús les
preguntó, 42 diciendo: ¿Qué pensáis
del Cristo? ¿De quién es hijo? Le dijeron: De David. 43 Él les dijo: ¿Pues
cómo David en el Espíritu le llama Señor, diciendo:
44 Dijo el Señor a mi Señor:
Siéntate a mi derecha,
Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies?
45 Pues si David le llama Señor,
¿cómo es su hijo? 46 Y nadie le podía responder palabra; ni osó alguno
desde aquel día preguntarle más.” (vv. 41-46)
El Señor no da una respuesta, ni Mateo añade ningún comentario. La
pregunta queda abierta, si bien el resto de los relatos de los evangelios nos
permiten avanzar hacia la respuesta a esa pregunta inicial que planteó el
propio Señor “¿Qué pensáis del Cristo?
¿De quién es hijo?”
Dijimos que la verdadera identidad del Cristo, radica en su existencia
previa a su nacimiento como Jesús, el hombre hijo de María, en el mundo ("ya no lo conocemos así" 2 Corintios 5:16). Esto
es precisamente lo que estaba implicando el Señor Jesús, cuando al citar las palabras
de David en el Espíritu, se estaba identificando (implícitamente) con Aquel a
quien David llamaba Señor.
Y esto es a lo que señalamos en el comienzo de esta serie, cuando dijimos
que el propio apóstol Juan en su primera carta, advierte contra la falsa
enseñanza que niega que Jesús vino en carne. Es una obviedad que todo ser
humano nace en este mundo en un cuerpo de carne y hueso. La diferencia esencial con Jesús, es que Él vino al
mundo, desde el cielo (“salí del Padre” Jn. 16:28). Cómo Él mismo lo
afirma, según el registro del Evangelio: “Porque
he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me
envió” (Juan 6:38).
Esto es precisamente lo que está implicado en la advertencia del apóstol
Juan contra los falsos profetas (y el espíritu del anticristo). Porque la
confesión de que ese mismo Jesús que nació, ya era, antes de venir al mundo, es
lo que hace a la verdadera identidad de Jesús, como vimos en el pasaje en el
que David llama Señor al Cristo. Y esta es la advertencia de Juan contra los
falsos maestros: “Este es anticristo, el
que niega al Padre y al Hijo.” (1 Juan 2:22). No es que nieguen a uno o al
otro, sino que niegan la revelación de la Deidad en Cristo: el Padre en el Hijo y el Hijo en el Padre,
y que nadie conoce al Padre ni al Hijo, sino por revelación del Espíritu Santo de
Dios (ver 1 Corintios 2:10-16).
Por lo tanto, en la revelación del
Hijo de Dios que nos trae el Evangelio de Juan, encontramos la clara enseñanza
de que el Hijo era desde el principio. Y
por eso también, cuando este mismo apóstol escribe su primera carta denunciando
falsas enseñanzas con respecto a Jesús, él reitera lo que desde el principio de
su Evangelio señaló como la más trascendente verdad: “En el principio ya era la Palabra…” (Juan 1:1).
Así, en el comienzo de la primera carta del apóstol Juan, él nos dice: “Lo
que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros
ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de
vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os
anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó)” (1 Juan 1:1-2)
Juan está diciendo que la vida
eterna que estaba con el Padre es Cristo mismo, lo cual, implica la eternidad del Señor. Vemos entonces esa
existencia de Cristo, no meramente antes de que Abraham naciera, sino aun más,
antes de la fundación del mundo, esto es, antes de la existencia del tiempo. La
Escritura revela que el Señor estaba en el principio con Dios, tal como afirma
Juan 1:1, y aun más, Juan añade que Él “era Dios”, o sea, uno con el Padre,
antes que ningún otro ser hubiera sido creado[1].
En ese principio, el Señor en su oración de Juan 17:5, habla de la existencia
de "aquella gloria que tuve contigo antes
que el mundo fuese”. El Cordero inmolado desde antes de la fundación del
mundo, dejó la gloria eterna en la que estaba con el Padre antes del comienzo
del tiempo para venir a manifestar al
Invisible, y hablarnos “cara a cara, como habla cualquiera a su compañero”
(Éxodo 33:11)[2].
Esta es la confesión a la que se refiere el apóstol Juan. No confesar la
existencia de Cristo antes de su encarnación, es negar el gran misterio de la
piedad que declara Pablo en 1 Timoteo 3:16, en el que la manifestación “en carne”,
presupone una existencia anterior "en forma de Dios" (Fil. 2:6). Y aun más, negar que Él ya era en el
principio, es rebajarlo al nivel de una criatura, lo cual, hace que su
naturaleza y dignidad divinas que sustentan la legitimidad de su adoración, se
vean invalidadas.
El Hijo ya conocía su destino al
que se ofreció voluntariamente.
Cuando Dios planeó la salvación, el Señor estaba con el Padre (“porque la
vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida
eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó)”. Vemos que el Hijo ya
era aun antes que hubiera día, tal como dice Jehová de sí mismo. Esto
resultaría una obviedad para el Dios que conocemos en la abstracción de la
razón filosófica y la lógica, el Dios conceptualizado por mentes como la de
Aristóteles y otros grandes pensadores. Pero para ser testigos de uno que
conocemos más allá de la carne (más allá de haber sido el hijo de José y María
en una remota aldea judía), su existencia junto al Padre antes que el tiempo
siquiera comenzara, nos exige entender su Persona a la luz de la eterna Deidad
de la que participa desde el principio: “Todas
las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue
hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las
tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella…. Aquella
luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. En el mundo
estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.” (Juan
1:3-5, 9-10).
Si consideramos este pasaje de Juan con las Sagradas Escrituras que cita
el autor de Hebreos, encontramos la misma verdad fundamental, Cristo vino por
su propia decisión: “Por lo cual, entrando
en el mundo dice:
Sacrificio y ofrenda no quisiste;
Mas me preparaste cuerpo.
Holocaustos y expiaciones por el
pecado no te agradaron.
Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios,
para hacer tu voluntad,
Como en el rollo del libro está
escrito de mí.
Diciendo primero: Sacrificio y
ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron
(las cuales cosas se ofrecen según la ley), y diciendo luego: He aquí que
vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto
último.” (Hebreos 10:5-9)
Hay un Dios que intuimos por la razón, al que todos podemos llegar a reconocer
a través de las cosas creadas, por medio de las cuales ha manifestado lo
invisible de Él, su eterno poder y deidad, como escribió el apóstol Pablo. Ese
Dios, a quien “los cielos de los cielos no lo pueden contener”, es en quien “somos,
vivimos y nos movemos” (Hechos 17). Pero hay una revelación de ese mismo Dios
que vemos a lo largo de la Biblia, en donde Dios también entra en acción, no
sólo a través, o desde afuera, sino desde dentro mismo de la creación, en la
cual su manifestación directa tiene lugar en su relación personal con hombres y
mujeres[3].
Todas las manifestaciones visibles de Jehová Dios a través de la historia
del Antiguo Testamento concluyen con la manifestación del Hijo de Dios, que el
apóstol Pablo señala como el indiscutible gran misterio de la piedad. El poder
de Dios sacó a la luz la inmortalidad, porque existe una verdadera alegría en Dios Padre que celebra la
obra de su Hijo (“quita lo primero, para
establecer esto último”), quien por
el gozo puesto delante de Él, venció a la muerte para salvarnos y darnos
vida eterna, y volver a la diestra del
Padre.
Por esa intervención personal es que somos redimidos por nadie más que Dios
mismo, “Dios mismo vendrá y nos salvará” (Isaías
35:4). “Yo, yo Jehová, y fuera de mí no
hay quien salve.” (Isaías 43:11). Sí, fuera de Jesús no hay quien salve, y
la Escritura señala que “Dios nuestro
Salvador, … nos salvó, … por su misericordia, por el lavamiento de la
regeneración y por la renovación en el
Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador” (Tito 3:4-6). El
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo obran la salvación del creyente, de manera que,
siempre hallamos a los tres obrando en la redención. El Padre envió al Hijo, y
el Hijo envió al Espíritu Santo de Dios.
Sigamos considerando la Escritura. Isaías 45 declara: “15
Verdaderamente tú eres Dios que te encubres, Dios de Israel, que salvas.
16 Confusos y avergonzados serán todos ellos; irán con afrenta todos los
fabricadores de imágenes. 17 Israel será salvo en Jehová con salvación
eterna; no os avergonzaréis ni os afrentaréis, por todos los siglos… 21 Proclamad,
y hacedlos acercarse, y entren todos en consulta; ¿quién hizo oír esto desde el
principio, y lo tiene dicho desde entonces, sino yo Jehová? Y no hay más Dios
que yo; Dios justo y Salvador; ningún otro fuera de mí.”
Somos salvos en Jesús, no
meramente como el siervo en el que Dios cargó todos nuestros pecados, no sólo
como nuestro sustituto y el que cumplió las demandas de la Ley. Somos salvados por Cristo, porque siendo aún enemigos
de Dios, Él nos amó. Nos salvó para Dios su Padre y para Él mismo, ya que esa
reconciliación nos lleva al Padre que es donde está Cristo “desde la eternidad
y hasta la eternidad”. Por eso leemos que es Dios quien nos reconcilió consigo
mismo, como lo afirma Pablo cuando escribe que 2 Corintios 5:18-20
18 Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo
mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; 19 que Dios
estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a
los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la
reconciliación. 20 Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si
Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo:
Reconciliaos con Dios.
Los paralelos entre
el ruego en el nombre de Cristo y de parte de Dios, hacen evidente la unidad
del Padre y de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo.
***
¿Qué significa la expresión “fuera de mí”?
Bueno, el mismo contexto nos señala la respuesta: Yo Jehová. Solo el Dios justo y Salvador es quien salva. Jehová es nuestro Salvador. Este título es exclusivo de Jehová Dios en el libro del profeta Isaías. Sin embargo, venida “la gracia y la verdad”, la revelación del nombre de Jehová como “Salvación mía” y “mi Justicia” reposa sobre el Hijo de Dios: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” (Hechos 4:12). Las Escrituras dan testimonio de nuestro glorioso Señor Jesucristo, Él es el que cumple esta poderosa profecía de Isaías “Jehová saldrá como gigante, y como hombre de guerra despertará celo; gritará, voceará, se esforzará sobre sus enemigos.” (Isaías 42:13).
Sabemos que
la eterna victoria se consumó en la cruz. Fue allí que nuestro Señor clamó a
gran voz: “Elí, Elí, ¿lama sabactani?
Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? … Mas Jesús, habiendo
otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu” (Mateo
27:46)
Isaías 12:2 declara: “He aquí Dios es salvación mía; me aseguraré
y no temeré; porque mi fortaleza y mi canción es JAH Jehová, quien ha sido
salvación para mí.”
Isaías 45:24 “Y se dirá de mí: Ciertamente en Jehová está
la justicia y la fuerza;”
Filipenses 3:8-10 “… la excelencia del conocimiento de Cristo
Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura,
para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que
es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios
por la fe”.
Hebreos 12:2 “…puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador
de la fe”.
Todo esto es resumido en la carta
a Tito 1:3-4 donde leemos que “a su debido tiempo manifestó su palabra por
medio de la predicación que me fue encomendada por mandato de Dios nuestro
Salvador, a Tito, verdadero hijo en la común fe: Gracia, misericordia y paz, de
Dios Padre y del Señor Jesucristo nuestro Salvador."
También Pablo se refiere a la doctrina de Cristo siendo la doctrina de
Dios nuestro Salvador en Tito 2:10 “no
defraudando, sino mostrándose fieles en todo, para que en todo adornen la
doctrina de Dios nuestro Salvador.” Y en Tito 2:13 Pablo vuelve a señalar
como nuestro Salvador a Jesucristo, de quien aguardamos “la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador
Jesucristo”.
Luego en Tito 3:4-6 se nos dice que “cuando
se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los
hombres,… nos salvó…por medio… del Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros
abundantemente por medio de Jesús el Mesías nuestro Salvador.”
Hay en esta revelación de Cristo un punto crucial. Las alabanzas dadas a
Dios en el Antiguo Testamento se contraponen a la confianza en los ídolos.
Cualquier hombre o ser a quien se acuda o ame como a Dios, es un ídolo. Así
leemos en Isaías 42: “12 Den gloria a Jehová, y anuncien sus loores en las costas. 13 Jehová
saldrá como gigante, y como hombre de guerra despertará celo; gritará, voceará,
se esforzará sobre sus enemigos. 14 Desde el siglo he callado, he guardado
silencio, y me he detenido; daré voces como la que está de parto; asolaré y
devoraré juntamente. 15 Convertiré en soledad montes y collados, haré secar
toda su hierba; los ríos tornaré en islas, y secaré los estanques. 16 Y guiaré
a los ciegos por camino que no sabían, les haré andar por sendas que no habían
conocido; delante de ellos cambiaré las tinieblas en luz, y lo escabroso en
llanura. Estas cosas les haré, y no los desampararé. 17 Serán vueltos atrás y
en extremo confundidos los que confían en ídolos, y dicen a las imágenes de
fundición: Vosotros sois nuestros dioses.”
Confiar en un ídolo es ilustrado con la práctica idolátrica de las
imágenes a las que vemos, por ejemplo, en Hechos 17, cuando el apóstol Pablo
les predicó a los atenienses. Pero nosotros somos llamados a confiar en Jesús
mismo. Y esto es posible sólo si Él es el Señor en los términos que el Antiguo
Testamento lo declara, los cuales concuerdan con la revelación del apóstol
Pablo en su carta a los Colosenses. Este paso de fe requiere entonces la
revelación de que, que Jesús sea el Señor, no es meramente un título que Dios
Padre le dio, sino la dignidad e identidad que siempre tuvo con Dios, su Padre,
como "Dios sobre todas las cosas” (Romanos
9:5). Por lo cual el Padre "del Hijo
dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo...” (Hebreos 1:8).
Es por eso que hallamos en la carta a los Filipenses que, Cristo,“siendo por naturaleza (en forma de) Dios,
no estimó el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse, sino que se despojó a
sí mismo, tomando forma de siervo…”. Claramente Pablo señala una naturaleza
divina del Hijo igualándolo con el Padre: “no estimó el ser igual a Dios”. Esta
igualdad era obviamente anterior al momento en que se despojó a sí mismo para venir al mundo en semejanza humana (ver
Romanos 8:3) para hacer la obra sacrificial de Sumo Sacerdote.
Asimismo, al contraponer a Cristo con los ídolos, estamos atribuyendo al Señor
el poder de Dios mismo. Esto es lo que encontramos en Colosenses, donde Pablo
exalta a Cristo mostrando que su lugar en la creación y frente a las cosas
creadas, es de total preeminencia y supremacía, lo cual le corresponde como morada
de la Deidad en total plenitud. Si así no fuera, no correspondería que el
apóstol se esforzara por defender la gloria de Cristo al decir que: “15 Él es la imagen del Dios
invisible, el primogénito de toda creación. 16 Porque en él fueron creadas
todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles
e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo
fue creado por medio de él y para él. 17 Y él es antes de todas las
cosas, y todas las cosas en él subsisten; 18 y él es la cabeza del cuerpo
que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos,
para que en todo tenga la preeminencia; 19 por cuanto agradó al Padre que en
él habitase toda plenitud, 20 y por medio de él reconciliar consigo
todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los
cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. 21 Y a vosotros también,
que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas
obras, ahora os ha reconciliado 22 en su cuerpo de carne, por medio de
la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante
de él; 23 si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe.” (Colosenses
1).
Seremos presentados delante de Él, es decir, Cristo. Y a este respecto
encontramos en la carta de Judas lo siguiente: “… aquel que es poderoso para
guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran
alegría, al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio
y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén.” (v. 24-25).
¿Es Cristo poderoso para guardarnos hasta el fin? ¿Es poderoso para
salvar? ¿Es el Salvador del mundo? ¿Tienen sus manos poder para librarnos del
mal? ¿Está el poder del Todopoderoso reposando sobre Él cual invencible Comandante
de las huestes celestiales? ¿Tiene su voz la autoridad y el poder para levantar
los muertos del polvo de la tierra? ¿Tiene su Espíritu poder, amor y dominio
sobre el mal? ¿Tiene Él inmortalidad?
La Escritura nos permite responder afirmativamente, porque Él es “el
Verbo de Dios” (Ap. 19:13), es “la resurrección y la vida” (Juan11:25), es el
Pastor que nos da vida y en cuyas manos descansamos (Juan 10), es el Rey de
gloria que ganó la batalla por nosotros (Salmos 24). Por eso se nos llama a
fortalecernos “en el Señor, y en el poder de su fuerza” (Efesios 6:10), porque
por la fe en Él podemos decir, “Todo lo
puedo en Cristo que me fortalece.” (Filipenses 4:13). Sabiendo que “somos más que vencedores por medio de aquel
que nos amó.” (Romanos 8:37). Amén.
***
N.M.G.
[1]
Notemos que la Escritura habla de la creación
de Lucifer en Ezequiel 28:13, pero del Hijo leemos en Colosenses 1:17 que “él
es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten”. Quien guste
consultar todas las traducciones de este versículo de Colosenses encontrará que
todas indican que Cristo ya existía
antes de que las cosas comenzaran a existir.
[2]
Consideremos también Números 12:8 cuando Dios mismo declara “Cara a cara hablaré con él, y claramente, y
no por figuras; y verá la apariencia de Jehová. ¿Por qué, pues, no tuvisteis
temor de hablar contra mi siervo Moisés?”
[3]
Ejemplos de la intervención directa de Dios: Jueces 6:22 “Viendo entonces
Gedeón que era el ángel de Jehová, dijo: Ah, Señor Jehová, que he visto al
ángel de Jehová cara a cara.”, Jueces 13:21-22 “Y el ángel de Jehová no volvió
a aparecer a Manoa ni a su mujer. Entonces conoció Manoa que era el ángel de
Jehová. Y dijo Manoa a su mujer: Ciertamente moriremos, porque a Dios hemos
visto.”. Y de su presencia visible Salmos 84:7 “Irán de poder en poder; Verán a
Dios en Sion.” Y Apocalipsis 1:7-8 “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo
le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán
lamentación por él. Sí, amén. Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice
el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso.”. “El Señor
viene” (1 Corintios 16:22).

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