“Nadie conoce al Hijo ni al Padre”
“Todas las cosas me fueron
entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre
conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.” (Mateo
11:27).
Notemos como en Jeremías, y en las palabras del propio Señor, hallamos
esta necesidad de conocer a alguien. Este es un conocimiento en el que existe
intimidad. Nuestra comunión verdaderamente es con el Padre y su Hijo, escribe
el apóstol Juan. Y el Espíritu Santo, que es el mismo Espíritu del Padre y del
Hijo[1],
nos revela a nuestro corazón un solo Hombre digno de plena confianza[2],
en el cual "habita toda la plenitud de la Deidad" (Colosenses 2:9), un solo rostro en el cual
resplandece la gloria de Dios, Jesucristo, quien es “la imagen de Dios” (2 Corintios 4). Ahora sabemos por las palabras
del propio Señor, que Él y el Padre son uno[3].
Mientras que la revelación dada a Israel nos recuerda que: “Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo
tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas.” (Deuteronomio 6:4-5).
Amarás al Señor… tu Dios
El apóstol Pablo finalizó su carta
a la iglesia de Corintios (dirigida enteramente a creyentes) afirmando que quien
no amare al Señor Jesús es maldecido (1 Cor. 16:22). Si alguien estaba
autorizado para hablar del amor al Señor, no cabe duda de que era Pablo. La
exaltación y revelación del Hijo de Dios en las cartas del apóstol y su amor
total e incondicional hacia su nombre no dejan dudas de qué lugar ocupó el Señor
Jesús en su corazón, su enseñanza y predicación. Porque “de la abundancia del
corazón habla la boca”.
El Hijo de Dios es nuestro Señor, no un Señor sino “El Señor de la gloria” de la visión de Isaías, el Adonai, el Dueño y Guardián de cada alma que le invoca. Él es el único Esposo que dio su vida por su Compañera, a quien
redimió con su propia sangre: “la Iglesia
de Cristo”[4] que
es llamada “la Iglesia de Dios” (ej. 1 Cor. 1:2, 1 Cor. 15:9, 1 Tim. 3:15) es
la Esposa de Cristo, y Cristo es quien manifestó a Dios en carne (1 Timoteo 3:16)[5].
La Escritura nos enseña que Cristo, es “la imagen misma de (la)
sustancia (de Dios), y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su
poder” (Hebreos 1:3)[6].
De modo que no sólo se cumple en Cristo su declaración en cuanto a que quien lo
vió a Él “ha visto al Padre”, sino
que la relación de confianza y amor redentor que tenemos como hijos, con Dios,
se hace posible en la revelación del amor del Padre a través del Hijo, de quien el apóstol nos dice que “me amó y se entregó a sí mismo por
mi” (Gálatas 2:20). Porque “todo lo
que hace el Padre, también lo hace el Hijo igualmente” (Juan 5:19).
La Persona del Hijo de Dios es el cumplimiento de las promesas de Jehová
actuando en primera persona, tal como leemos en el libro del profeta Isaías.
Leamos Isaías capítulo 44 versículos 6 al 11
6 Así
dice Jehová Rey de Israel, y su Redentor, Jehová de los ejércitos: Yo soy el
primero, y yo soy el postrero, y fuera
de mí no hay Dios. 7 ¿Y quién proclamará lo venidero, lo declarará, y lo
pondrá en orden delante de mí, como hago yo desde que establecí el pueblo
antiguo? Anúncienles lo que viene, y lo que está por venir. 8 No temáis, ni os
amedrentéis; ¿no te lo hice oír desde la antigüedad, y te lo dije? Luego
vosotros sois mis testigos. No hay Dios
sino yo. No hay Fuerte; no conozco ninguno. 9 Los formadores de imágenes de
talla, todos ellos son vanidad, y lo más precioso de ellos para nada es útil; y
ellos mismos son testigos para su confusión, de que los ídolos no ven ni
entienden. 10 ¿Quién formó un dios, o quién fundió una imagen que para nada es
de provecho? 11 He aquí que todos los suyos serán avergonzados, porque los
artífices mismos son hombres. Todos ellos se juntarán, se presentarán, se
asombrarán, y serán avergonzados a una.
En este pasaje de Isaías, Dios se contrapone a las imágenes talladas. Él es el Rey de Israel, y su Redentor, el único Fuerte que salva,
mientras las imágenes no son más que vanidad. Los que confían en ellas serán
avergonzados, pero los que confían en Él,
el único Señor, no lo serán. Por eso leemos en el capítulo 10 de Romanos, que
también recuerda las palabras del anuncio de Isaías, que “… con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa
para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será
avergonzado. Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo
aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.”
Invocar el nombre del Señor es reconocer que el que habló en los tiempos
antiguos a través de los profetas, es el mismo que se manifestó corporalmente
en Cristo, de modo que puede afirmar que lo que hará es “por amor de mí mismo”[7],
“por amor de su nombre”[8],
“yo mismo estaré en medio de ellos como
su Dios”[9], “mi
diestra”, “Dios mismo vendrá y nos salvará”, o “ante mí se doblará toda rodilla y toda lengua confesará a Dios”.
Este conocimiento de Dios revelándose como Uno, el único Fuerte, el Señor, al que nos conduce la Escritura y la
predicación del evangelio, está anunciado ya en Isaías 43 versículos 10 al 13: “10 Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y mi siervo que yo escogí, para que me conozcáis y creáis, y entendáis
que yo mismo soy; antes de mí no fue formado dios, ni lo será después de mí. 11
Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien salve. 12 Yo anuncié, y salvé, e
hice oír, y no hubo entre vosotros dios ajeno. Vosotros, pues, sois mis
testigos, dice Jehová, que yo soy Dios. 13 Aun
antes que hubiera día, yo era; y no hay quien de mi mano libre. Lo que hago
yo, ¿quién lo estorbará?”
Esta última porción de Isaías requiere especial atención. Cuando Jehová
nos dice que entendamos que es Él mismo (“yo
mismo soy”), nos señala al siervo que Él escogió para revelarse. La
correlación con las palabras de Cristo la encontramos en varias declaraciones
hechas por el Señor Jesús. Consideremos las siguientes:
Juan 5:19 “Respondió
entonces Jesús, y les dijo: De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo
hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace
el Hijo igualmente.”
Juan 8:15-16 “Vosotros juzgáis según la carne; yo no
juzgo a nadie. Y si yo juzgo, mi juicio es verdadero; porque no soy yo solo, sino yo y el que me envió,
el Padre.”
Juan 8:18 “Yo soy el que doy
testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió da testimonio de mí.”
Juan 8:28 “Les dijo, pues,
Jesús: Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que
nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo.”
Juan 14:10 “¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí?
Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las
obras.
Juan 16:26-28 “En aquel día
pediréis en mi nombre; y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os ama, porque
vosotros me habéis amado, y
habéis creído que yo salí de Dios. Salí del Padre, y he venido al mundo;
otra vez dejo el mundo, y voy al Padre.”
Como el Siervo que Jehová escogió para que lo conozcamos, vemos que el
Hijo fue mucho más que un mero hombre esclavo de Dios. “Salí del Padre… y voy al Padre” (Juan 16:28) es lo que nos muestra
la unidad de gloria y deidad que el Padre y el Hijo comparten desde “antes de los tiempos de los siglos” (1
Timoteo 1:9), de modo que el conocimiento del Hijo (el cual estaba oculto)
implica el del Padre mismo (el Hijo “le ha dado a conocer” Jn. 1:18), y así
el Señor lo afirmó en el final de su ministerio a sus discípulos más íntimos:
6 Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida;
nadie viene al Padre, sino por mí. 7 Si me conocieseis, también a mi Padre
conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto. 8 Felipe le
dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta. 9 Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo
hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a
mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? 10 ¿No crees que yo soy en el Padre, y el
Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia
cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras. 11 Creedme que yo
soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas
obras. (Juan 14:6-11).
Ahora leamos ese pasaje a la luz de la Escritura: “Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y mi siervo que yo escogí,
para que me conozcáis y creáis, y entendáis que yo mismo soy”. Sí,
indiscutiblemente grande es el misterio de nuestra fe, Dios fue manifestado en
carne, para que lo conozcamos y podamos creer en Él, en Su nombre, Dios manifestado
en Cristo Jesús, el Padre obrando con el Hijo[10]
para que nosotros seamos recibidos por el Padre por medio del Cristo[11]
en quien somos guardados para eternidad.
Notemos que Cristo en el capítulo 14 de Juan que citamos arriba,
identifica el conocimiento de Él mismo con el del Padre. Esto es lo que el
mismo apóstol que había registrado las palabras del Señor en su Evangelio
escribió luego en su carta al afirmar que: “Todo
aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene
también al Padre.” (1 Juan 2:23) “El
que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la
vida.” (1 Juan 5:12). Negar al Hijo es negar su deidad consustancial al
Padre y todo lo que ello implica[12].
“Si me conocieseis, también a mi
Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto.” El Padre
y el Hijo están unidos. Por eso no puedo tener a uno sin tener al otro y
viceversa. Por eso, el Señor no solo les dijo a los judíos “Yo y el Padre uno somos”, sino también, y lo que extiende aun más
sus implicaciones, que “Antes que Abraham fuese yo soy” (Juan
8:58).
La pre existencia del Hijo hace a una identidad que va mucho más allá de
“los días de su carne” (Hebreos 5:7), como podríamos decir nosotros respecto de
Cristo a quien damos a conocer. Por eso el apóstol Pablo dijo que si a Cristo
lo conocimos según la carne “ya no lo conocemos así” (2 Corintios 5:16). Esa
afirmación del Señor de su existencia anterior a Abraham, tiene enormes
implicaciones. Notemos que con la sola afirmación los judíos buscaron piedras
para matarlo, por entender claramente que, sin ser igual a Dios, eso era
blasfemo.
[1]
“… vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el
Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de
Cristo, no es de él. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en
verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la
justicia. 11 Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora
en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también
vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.” (Romanos
8:9-11).
[2]
“¿Hasta cuándo maquinaréis contra un hombre, Tratando todos vosotros de
aplastarle Como pared desplomada y como cerca derribada? Solamente consultan
para arrojarle de su grandeza. Aman la mentira” (Salmos 62:3-4).
[3]
“Yo y el Padre uno somos.” (Juan 10:30).
[4]
“Os saludan todas las iglesias de Cristo.” (Romanos 16:16).
[5]
“… para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, hasta alcanzar todas
las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el
Padre, y de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría
y del conocimiento.” (Colosenses 2:2-3).
[6]
En la versión Palabra de Dios para Todos dice: “El Hijo muestra la brillante
grandeza de Dios; es la imagen perfecta de todo lo que Dios es y sostiene todo
el universo por medio de su poderosa palabra. Después de haber hecho
purificación de pecados, se sentó a la derecha del trono majestuoso de Dios en
el cielo.”
[7]
Isaías 43:25 “Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y
no me acordaré de tus pecados.”, Isaías 48:11 “Por mí, por amor de mí mismo lo
haré, para que no sea amancillado mi nombre, y mi honra no la daré a otro.”
[8]
Salmos 25:11 “Por amor de tu nombre, oh Jehová, Perdonarás también mi pecado,
que es grande.”, Salmos 109:21 “Y tú, Jehová, Señor mío, favoréceme por amor de
tu nombre; Líbrame, porque tu misericordia es buena.”
[9]
Éxodo 25:8 “Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos.”,
Ezequiel 43:9 “Ahora arrojarán lejos de mí sus fornicaciones, y los cuerpos
muertos de sus reyes, y habitaré en medio de ellos para siempre.” Mateo 18:20
“Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio
de ellos.”
[10]
“Y Jesús les respondió: Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo. Por esto
los judíos aún más procuraban matarle, porque no solo quebrantaba el día de
reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a
Dios.” (Juan 5:17-18).
[11]
“Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.” (Colosenses
3:3).
[12] Como
supo decir un amado hermano, Jesús no es el segundo de nadie, y así lo declara
el Padre cuando en Hebreos se nos dice que “del Hijo dice: Tu trono, oh Dios,
por el siglo del siglo; Cetro de equidad es el cetro de tu reino.” (Hebreos
1:8).

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