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La Revelación del Padre y del Hijo (segunda parte)

 


Nadie conoce al Hijo ni al Padre

 “Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.” (Mateo 11:27).

Notemos como en Jeremías, y en las palabras del propio Señor, hallamos esta necesidad de conocer a alguien. Este es un conocimiento en el que existe intimidad. Nuestra comunión verdaderamente es con el Padre y su Hijo, escribe el apóstol Juan. Y el Espíritu Santo, que es el mismo Espíritu del Padre y del Hijo[1], nos revela a nuestro corazón un solo Hombre digno de plena confianza[2], en el cual "habita toda la plenitud de la Deidad" (Colosenses 2:9), un solo rostro en el cual resplandece la gloria de Dios, Jesucristo, quien es “la imagen de Dios” (2 Corintios 4). Ahora sabemos por las palabras del propio Señor, que Él y el Padre son uno[3]. Mientras que la revelación dada a Israel nos recuerda que: “Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas.” (Deuteronomio 6:4-5).

Amarás al Señor… tu Dios

El apóstol Pablo finalizó su carta a la iglesia de Corintios (dirigida enteramente a creyentes) afirmando que quien no amare al Señor Jesús es maldecido (1 Cor. 16:22). Si alguien estaba autorizado para hablar del amor al Señor, no cabe duda de que era Pablo. La exaltación y revelación del Hijo de Dios en las cartas del apóstol y su amor total e incondicional hacia su nombre no dejan dudas de qué lugar ocupó el Señor Jesús en su corazón, su enseñanza y predicación. Porque “de la abundancia del corazón habla la boca”.

El Hijo de Dios es nuestro Señor, no un Señor sino “El Señor de la gloria” de la visión de Isaías, el Adonai, el Dueño y Guardián de cada alma que le invoca. Él es el único Esposo que dio su vida por su Compañera, a quien redimió con su propia sangre: “la Iglesia de Cristo”[4] que es llamada “la Iglesia de Dios”  (ej. 1 Cor. 1:2, 1 Cor. 15:9, 1 Tim. 3:15) es la Esposa de Cristo, y Cristo es quien manifestó a Dios en carne (1 Timoteo 3:16)[5].

La Escritura nos enseña que Cristo, es “la imagen misma de (la) sustancia (de Dios), y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder” (Hebreos 1:3)[6]. De modo que no sólo se cumple en Cristo su declaración en cuanto a que quien lo vió a Él “ha visto al Padre”, sino que la relación de confianza y amor redentor que tenemos como hijos, con Dios, se hace posible en la revelación del amor del Padre a través del Hijo, de quien el apóstol nos dice que “me amó y se entregó a sí mismo por mi” (Gálatas 2:20). Porque “todo lo que hace el Padre, también lo hace el Hijo igualmente” (Juan 5:19).

La Persona del Hijo de Dios es el cumplimiento de las promesas de Jehová actuando en primera persona, tal como leemos en el libro del profeta Isaías. Leamos Isaías capítulo 44 versículos 6 al 11

 6 Así dice Jehová Rey de Israel, y su Redentor, Jehová de los ejércitos: Yo soy el primero, y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios. 7 ¿Y quién proclamará lo venidero, lo declarará, y lo pondrá en orden delante de mí, como hago yo desde que establecí el pueblo antiguo? Anúncienles lo que viene, y lo que está por venir. 8 No temáis, ni os amedrentéis; ¿no te lo hice oír desde la antigüedad, y te lo dije? Luego vosotros sois mis testigos. No hay Dios sino yo. No hay Fuerte; no conozco ninguno. 9 Los formadores de imágenes de talla, todos ellos son vanidad, y lo más precioso de ellos para nada es útil; y ellos mismos son testigos para su confusión, de que los ídolos no ven ni entienden. 10 ¿Quién formó un dios, o quién fundió una imagen que para nada es de provecho? 11 He aquí que todos los suyos serán avergonzados, porque los artífices mismos son hombres. Todos ellos se juntarán, se presentarán, se asombrarán, y serán avergonzados a una.

En este pasaje de Isaías, Dios se contrapone a las imágenes talladas. Él es el Rey de Israel, y su Redentor, el único Fuerte que salva, mientras las imágenes no son más que vanidad. Los que confían en ellas serán avergonzados, pero los que confían en Él, el único Señor, no lo serán. Por eso leemos en el capítulo 10 de Romanos, que también recuerda las palabras del anuncio de Isaías, que “… con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.”

Invocar el nombre del Señor es reconocer que el que habló en los tiempos antiguos a través de los profetas, es el mismo que se manifestó corporalmente en Cristo, de modo que puede afirmar que lo que hará es “por amor de mí mismo”[7], “por amor de su nombre”[8], “yo mismo estaré en medio de ellos como su Dios[9], “mi diestra”,  “Dios mismo vendrá y nos salvará”, o “ante mí se doblará toda rodilla y toda lengua confesará a Dios”.

Este conocimiento de Dios revelándose como Uno, el único Fuerte, el Señor, al que nos conduce la Escritura y la predicación del evangelio, está anunciado ya en Isaías 43 versículos 10 al 13: “10 Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y mi siervo que yo escogí, para que me conozcáis y creáis, y entendáis que yo mismo soy; antes de mí no fue formado dios, ni lo será después de mí. 11 Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien salve. 12 Yo anuncié, y salvé, e hice oír, y no hubo entre vosotros dios ajeno. Vosotros, pues, sois mis testigos, dice Jehová, que yo soy Dios. 13 Aun antes que hubiera día, yo era; y no hay quien de mi mano libre. Lo que hago yo, ¿quién lo estorbará?”

Esta última porción de Isaías requiere especial atención. Cuando Jehová nos dice que entendamos que es Él mismo (“yo mismo soy”), nos señala al siervo que Él escogió para revelarse. La correlación con las palabras de Cristo la encontramos en varias declaraciones hechas por el Señor Jesús. Consideremos las siguientes:

Juan 5:19 “Respondió entonces Jesús, y les dijo: De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente.”

Juan 8:15-16  “Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie. Y si yo juzgo, mi juicio es verdadero; porque no soy yo solo, sino yo y el que me envió, el Padre.”

Juan 8:18 “Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió da testimonio de mí.”

Juan 8:28 “Les dijo, pues, Jesús: Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo.”

Juan 14:10 “¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras.

Juan 16:26-28 “En aquel día pediréis en mi nombre; y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios. Salí del Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre.”

Como el Siervo que Jehová escogió para que lo conozcamos, vemos que el Hijo fue mucho más que un mero hombre esclavo de Dios. “Salí del Padre… y voy al Padre” (Juan 16:28) es lo que nos muestra la unidad de gloria y deidad que el Padre y el Hijo comparten desde “antes de los tiempos de los siglos” (1 Timoteo 1:9), de modo que el conocimiento del Hijo (el cual estaba oculto) implica el del Padre mismo (el    Hijo “le ha dado a conocer” Jn. 1:18), y así el Señor lo afirmó en el final de su ministerio a sus discípulos más íntimos:

6 Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. 7 Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto. 8 Felipe le dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta. 9 Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? 10 ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras. 11 Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras. (Juan 14:6-11).

Ahora leamos ese pasaje a la luz de la Escritura: “Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y mi siervo que yo escogí, para que me conozcáis y creáis, y entendáis que yo mismo soy”. Sí, indiscutiblemente grande es el misterio de nuestra fe, Dios fue manifestado en carne, para que lo conozcamos y podamos creer en Él, en Su nombre, Dios manifestado en Cristo Jesús, el Padre obrando con el Hijo[10] para que nosotros seamos recibidos por el Padre por medio del Cristo[11] en quien somos guardados para eternidad.

Notemos que Cristo en el capítulo 14 de Juan que citamos arriba, identifica el conocimiento de Él mismo con el del Padre. Esto es lo que el mismo apóstol que había registrado las palabras del Señor en su Evangelio escribió luego en su carta al afirmar que: “Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre.” (1 Juan 2:23) “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.” (1 Juan 5:12). Negar al Hijo es negar su deidad consustancial al Padre y todo lo que ello implica[12].

“Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto.” El Padre y el Hijo están unidos. Por eso no puedo tener a uno sin tener al otro y viceversa. Por eso, el Señor no solo les dijo a los judíos “Yo y el Padre uno somos”, sino también, y lo que extiende aun más sus implicaciones,  que “Antes que Abraham fuese yo soy” (Juan 8:58).

La pre existencia del Hijo hace a una identidad que va mucho más allá de “los días de su carne” (Hebreos 5:7), como podríamos decir nosotros respecto de Cristo a quien damos a conocer. Por eso el apóstol Pablo dijo que si a Cristo lo conocimos según la carne “ya no lo conocemos así” (2 Corintios 5:16). Esa afirmación del Señor de su existencia anterior a Abraham, tiene enormes implicaciones. Notemos que con la sola afirmación los judíos buscaron piedras para matarlo, por entender claramente que, sin ser igual a Dios, eso era blasfemo.

En la próxima publicación avanzaremos sobre la revelación de la vida eterna que estaba en el Hijo. 

N.M.G.

[1] “… vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia. 11 Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.” (Romanos 8:9-11).

[2] “¿Hasta cuándo maquinaréis contra un hombre, Tratando todos vosotros de aplastarle Como pared desplomada y como cerca derribada? Solamente consultan para arrojarle de su grandeza. Aman la mentira” (Salmos 62:3-4).

[3] “Yo y el Padre uno somos.” (Juan 10:30).

[4] “Os saludan todas las iglesias de Cristo.” (Romanos 16:16).

[5] “… para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, hasta alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.” (Colosenses 2:2-3).

[6] En la versión Palabra de Dios para Todos dice: “El Hijo muestra la brillante grandeza de Dios; es la imagen perfecta de todo lo que Dios es y sostiene todo el universo por medio de su poderosa palabra. Después de haber hecho purificación de pecados, se sentó a la derecha del trono majestuoso de Dios en el cielo.”

[7] Isaías 43:25 “Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.”, Isaías 48:11 “Por mí, por amor de mí mismo lo haré, para que no sea amancillado mi nombre, y mi honra no la daré a otro.”

[8] Salmos 25:11 “Por amor de tu nombre, oh Jehová, Perdonarás también mi pecado, que es grande.”, Salmos 109:21 “Y tú, Jehová, Señor mío, favoréceme por amor de tu nombre; Líbrame, porque tu misericordia es buena.”

[9] Éxodo 25:8 “Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos.”, Ezequiel 43:9 “Ahora arrojarán lejos de mí sus fornicaciones, y los cuerpos muertos de sus reyes, y habitaré en medio de ellos para siempre.” Mateo 18:20 “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.”

[10] “Y Jesús les respondió: Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo. Por esto los judíos aún más procuraban matarle, porque no solo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios.” (Juan 5:17-18).

[11] “Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.” (Colosenses 3:3).

[12] Como supo decir un amado hermano, Jesús no es el segundo de nadie, y así lo declara el Padre cuando en Hebreos se nos dice que “del Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; Cetro de equidad es el cetro de tu reino.” (Hebreos 1:8).

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