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¡¿Inmortalidad?!

"... ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio," (2 Timteo 1:10)



"En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido; a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios...  Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo." (Hechos 1:1-3; 11)

¿Alguna vez te has puesto a pensar cómo es que gente tan avanzada a la hora de construir imponentes obras arquitectónicas pudiera tener la irrisoria idea de que los bienes que hacían enterrar con ellos les iban a servir de algo una vez muertos? 


"Las pirámides de Egipto son, de todos los vestigios legados por egipcios de la Antigüedad, los más portentosos y emblemáticos monumentos de esta civilización, y en particular, las tres grandes pirámides de Guiza, las tumbas o cenotafios de los faraones Keops, Kefrén y Micerino, ..." (Fuente: Wikipedia)


Así es que los más emblemáticos monumentos de la más avanzada civilización de la antigüedad son tumbas (imponentes adornos en torno a la ausencia de vida). En contraste tenemos la sabiduría de Dios, recibida por el apóstol Pablo, de modo que escribe en una de sus cartas: "Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento; porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar." (1 Timoteo 6:6-7)


Sin duda nada podremos sacar en lo que a cosas materiales se refiere. Por eso, la enseñanza de Dios nos llama a considerar lo que Él solo puede hacer: darnos un cuerpo en el cual vivir después de esta vida (2 Cor. 5:1-4). Este conocimiento está presente desde la antigüedad, y ya en el Antiguo Testamento leemos las palabras de Job que nos anuncian esa gran verdad que señala la resurrección de los muertos:

"Yo sé que mi Redentor vive,
Y al fin se levantará sobre el polvo;
Y después de deshecha esta mi piel, 
En mi carne he de ver a Dios;
Al cual veré por mí mismo,
Y mis ojos lo verán, y no otro,
Aunque mi corazón desfallece dentro de mí." 
(Job 19:25-27)


Aquí entonces hablamos de resurrección, algo que tiene una lógica propia, por eso también leemos que: "si se predica de Cristo que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos?

Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe. Y somos hallados falsos testigos de Dios; porque hemos testificado de Dios que él resucitó a Cristo, al cual no resucitó, si en verdad los muertos no resucitan." (1 Corintios 15:12-15)

Mientras la sabiduría de los hombres señala a los grandes monumentos arquitectónicos como única forma de trascender los siglos, Cristo demostró que el sólo hecho de su resurrección corporal hace que toda obra material carezca de toda importancia, porque lo que el hombre verdaderamente desea no son grandes piedras, templos y tesoros, sino vida, una vida que no perezca. 

Así es que uno de sus discípulos, cuando el Señor Jesús preguntó a los doce si deseaban apartarse de él, respondió: "¿Señor a quién iremos?, tú tienes palabras de vida eterna" (Evangelio  de Juan, capitulo 6)

Toda la antigüedad ya no es más que un montón de ruinas e historias de personas que ya no están. Sin embargo, se nos dice que Cristo Jesús "es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos" (Hebreos 13:8)  de modo que podemos oirle decir: 

"Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?" (Juan 11:25-26)

El que me halla, dice la Sabiduría en la Escritura (Proverbios 8) "hallará la vida, y alcanzará el favor de Dios".

Cuando hablamos de inmortalidad, el único anuncio serio, veráz y testimonialmente verificable, nos viene de los judíos, aquellos que estuvieron presentes en los días de la muerte y resurrección del Mesías profetizado. Es por eso que el legado más grande de la Historia sigue siendo la Palabra de la manifestación de Dios entre los hombres, y el tesoro más incomparable que puedas obtener en esta vida es el estar unido al plan de redención de Aquel de quien está escrito: 

"E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad:
    Dios fue manifestado en carne,
    Justificado en el Espíritu,
    Visto de los ángeles,
    Predicado a los gentiles,
    Creído en el mundo,
    Recibido arriba en gloria." (1 Timoteo 3:16)

Así que, a los que creemos, sólo nos resta abrazar al Señor, glorificar su nombre, derramar nuestro corazón ante su Presencia, estar agradecidos y esperar en sus promesas, conforme a su Palabra. Porque sólo Él tiene palabras de vida eterna, ya que sólo Él puede decir sin mentir:  
                     "... Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti; como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste. Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado." (Evangelio de Juan cap. 17:1-3)

 "Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida." (1 Juan 5:11-12). Amén.

Fuera de Jesucristo no hay esperanza más allá de esta vida.

N.M.G.













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