La enseñanza y la revelación, son dos
caras de una misma moneda. La enseñanza
se recibe y es objetiva, o sea, es algo concreto, una cierta información
que me han dado o que he hallado. Pero la
revelación es subjetiva, sólo la persona puede ser consciente en su íntima
convicción de las cosas que se desprenden de esa enseñanza. Lo voy a explicar.
Por ejemplo, tenemos la Biblia, un libro con muchísima información, historias,
personajes, enseñanzas, etc. Podemos estudiar su contenido y conocer lo que
dice, pero, la misma Biblia, y el propio Señor Jesús nos enseña, que hay cosas
que deben sernos reveladas. Así leemos: “En aquella misma hora Jesús se
regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor
del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y
entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te
agradó. Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie
conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel
a quien el Hijo lo quiera revelar.” (Lucas 10:21-22).
O sea que, no basta con la
enseñanza. Tal como se desprende de las palabras del apóstol Pablo cuando
escribió: “¿Qué, pues, es Pablo, y qué es
Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a
cada uno concedió el Señor. Yo
planté, Apolos regó; pero el
crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es
algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento.” (1 Corintios
3:5-7).
A lo dicho podemos agregar lo que
les declara el Señor a los discípulos cuando “Él respondiendo, les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los
cielos; mas a ellos no les es dado.” (Mateo 13:11).
Como vemos, es Dios el
que concede la revelación de las profundas verdades que hallamos en la
Escritura, como declaró el apóstol: “Dios nos las reveló a nosotros por el
Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios”
(1 Corintios 2:10).
En la Biblia, tenemos un
conocimiento a través del cual, si miramos atentamente, y estudiamos con
diligencia, llegaremos a experimentar en primera persona la preciosa verdad de
Proverbios 2:1-6 y Juan 14:23:
“Hijo mío, presta atención a lo que digo y atesora mis mandatos.
Afina tus oídos a la sabiduría y concéntrate en el entendimiento.
Clama por inteligencia y pide entendimiento.
Búscalos como si fueran plata, como si fueran tesoros escondidos.
Entonces comprenderás lo que significa temer al Señor y obtendrás
conocimiento de Dios.
¡Pues el Señor concede sabiduría! De su boca provienen el saber y el
entendimiento.” (Prov. 2:1-6, NTV)
“Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi
Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.” (Juan 14:23)
El Señor Jesús
concede la sabiduría, sólo él puede abrir el entendimiento de la persona y
resplandecer en el corazón del que recibe su testimonio. Por eso también
leemos: “Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún
con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí
en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Entonces les
abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras” (Lucas
24:44-45). Y “Tenemos también la palabra profética más
segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que
alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la
mañana salga en vuestros corazones” (2 Pedro 1:19)
La revelación del Padre y del
Hijo, se recibe en el corazón, es un acto soberano de Dios que Él da a quien
humildemente cree al testimonio de su Palabra e invoca el nombre de su Hijo.
***
Continuemos ahora con la siguiente oración del Señor Jesús, para que sigamos conociendo el nombre de
Dios:
“Padre
justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y estos han conocido
que tú me enviaste. Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer
aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos (*), y yo en
ellos.” (Juan 17:25-26).
Juan 17:21 “que
todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que
también ellos sean uno en nosotros”
Gálatas 4:6 “Y
por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su
Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!”
¿Qué nombre de Dios les dio a conocer el Señor Jesús a sus discípulos?
Fue el de Dios como Padre. Dirigirse a Dios
llamándolo Padre era una nueva enseñanza que nunca había sido dada en el
Antiguo Pacto. Señor Dios, Soberano, Temible, eran algunas de las formas de
dirigirse a Dios en oración. Pero nunca vemos a los profetas y santos del
Antiguo Testamento invocar a Dios con el nombre de “Padre nuestro”. Ahora bien,
notemos que la oración del Señor al referirse a dar a conocer el nombre del
Padre, tiene una clara finalidad: “para
que el amor con que me has amado, esté en ellos”
Sabemos por el
testimonio de las Escrituras que el Padre declaró: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd.” (Mateo
17:5). El amor del Padre por el Hijo es un amor basado en la naturaleza misma
de Dios. “Dios es amor” declaró el apóstol Juan.
Quiero que veamos
este amor del Padre por su Hijo, en el paralelo que el apóstol Pablo muestra de
Cristo y la Iglesia en Efesios 5:28-30. “28
Así también los maridos deben amar a sus
mujeres como a sus mismos cuerpos. El
que ama a su mujer, a sí mismo se ama. 29 Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la
sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia, 30 porque somos miembros
de su cuerpo, de su carne y de sus huesos.”
Hay una
profunda verdad espiritual implicada en ese pasaje, que nos muestra la relación
del Hijo con el Padre. Pablo dice que el que ama a su esposa, se ama a sí mismo,
porque ella es su propia carne. Esta es la unidad a la que Cristo señala cuando
dice “Yo y el Padre uno somos”, de
modo que también pudo decir: “Si yo no
hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado;
pero ahora han visto y han aborrecido a mí y a mi Padre.” (Juan 15:24). No
se puede separar al Padre del Hijo, o como lo declaró el apóstol Juan: “Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene
al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre.” (1 Juan 2:23).
Esta unidad no
resulta meramente de que el Hijo tuviera un acuerdo de voluntades con el Padre para hacer
una sola voluntad, la de Dios, porque esa no es la clase de unidad a la que
Pablo se refiere entre Cristo y la iglesia como Su cuerpo, sino, la de una
unión en la que Cristo fue “el cuerpo” con el que Dios se manifestó a los
hombres (conf. 1 Timoteo 3:16) para ser
su Salvador. Sólo así es posible que la palabra profética pudiera decir: “Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y
mi siervo que yo escogí, para que me conozcáis y creáis, y entendáis que yo mismo soy; antes de mí no fue
formado dios, ni lo será después de mí. Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien salve. Yo anuncié, y salvé, e hice oír, y
no hubo entre vosotros dios ajeno. Vosotros, pues, sois mis testigos, dice
Jehová, que yo soy Dios.” (Isaías 43:10-12).
Vemos
entonces, una vez más, que la unidad del Padre y del Hijo es más que un acuerdo
de voluntades. Porque el Hijo es la imagen
misma de la sustancia del Padre (Hebreos 1:3), es el cuerpo en el que habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad
(Colosenses 2). Por lo que, el Padre ama
al Hijo como a sí mismo, de
manera que, en aquellos que somos el cuerpo de Cristo, y templo
de Dios, se cumple la palabra del Señor: “el amor con que me has amado,
esté en ellos, y yo en ellos” (Juan 15:26). “Porque nadie aborreció jamás a su
propia carne, sino que la sustenta y la
cuida, como también Cristo a la iglesia” (Efesios 5:29).
De igual manera, la unidad a la que se nos llama como creyentes, radica en ser “un Cuerpo, y un Espíritu” (Efesios 4:4). Ahora bien, notemos que el Espíritu que mora en nosotros[1], es llamado “Espíritu Santo”[2], “Espíritu de Dios”[3], “Espíritu de Cristo”[4], “Espíritu de verdad”[5], “Espíritu de santidad”[6], “Espíritu de su Hijo”[7], “Espíritu eterno”[8]. No se puede ser de Cristo sin ese Espíritu, y es este Espíritu quien nos da testimonio de lo que nos ha sido dado en Cristo Jesús, la adopción por la que llegamos a ser “participantes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4).
En esa comunión de
la naturaleza divina, el Padre y el Hijo experimentan y poseen el amor que
jamás deja de ser. El amor de Dios es eterno, porque Dios ama a su Hijo, que en
el principio ya era el Verbo, “sin padre, sin madre, sin genealogía; que ni
tiene principio de días, ni fin de vida” (Heb. 7:3), el cual desde antes de la
fundación del mundo habita en la “luz inaccesible”, la que también es llamada
por el apóstol Juan “el seno del Padre” (Juan 1:18). Esta insondable realidad
divina y eterna, excede a todo entendimiento, sin embargo, se nos dice “tocante
al Verbo de vida (que) la vida fue manifestada, y la hemos visto, y
testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se
nos manifestó” (1 Juan 1:2).
En esa manifestación de la vida
eterna misma (“una vida indestructible” Hebreos 7:16), llegamos a conocer el
amor de Dios, y ese amor es el amor de Cristo mismo, que ama al Padre y se
entrega a su Dios en sacrificio por amor a los suyos[9],
como apunta el apóstol Pablo en Efesios 3:19 al desear que los cristianos
lleguemos a “conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para
que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.”
La plenitud de Dios, el Padre, vive
en su Hijo divino, quien en su amor nos permite ser llenos de la plenitud de
Dios. Esto significa que, en el Hijo, Dios nos da “el evangelio de las
inescrutables riquezas de Cristo” (Efesios 3:8), “para que sean consolados (nuestros)
corazones, unidos en amor, hasta
alcanzar todas las riquezas de pleno
entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo,
en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.”
(Colosenses 2:2-4). Porque en Cristo es en quien “habita corporalmente toda la
plenitud de la Deidad” (Colosenses 2:9), y quien reconoce al Hijo
como único Señor y Salvador, ha recibido el amor de la verdad que nos enseña: “que
el Hijo de Dios ha venido, y nos ha
dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el
verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna.”
(1 Juan 5:20). Amén.
“En aquel tiempo devolveré yo a los pueblos pureza de labios, para que
todos invoquen el nombre de Jehová, para que le sirvan de común
consentimiento.” (Sofonías 3:9)
“Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu
corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. … Pues la Escritura dice:
Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. Porque no hay diferencia
entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con
todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor,
será salvo.” (Romanos 10:8-9, 11-13).
Y le resplandecerá "la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.” (2 Corintios 4:4). Amén.
N.M.G.
[1]
1 Corintios 3:16 “¿No sabéis que
sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?”
[2]
Juan 7:38-39 “El que cree en mí,
como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo
del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había
venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado
[3]
1 Corintios 2:11 “Porque ¿quién de
los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en
él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios.”
[4]
Romanos 8:9 “Mas vosotros no vivís
según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en
vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.”
[5]
Juan 14:17 “el Espíritu de verdad,
al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros
le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros.” Juan 15:26 “Pero cuando venga el
Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual
procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí.”
[6] Romanos
1:3-6 “su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según
la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de
santidad, por la resurrección de entre los muertos, y por quien recibimos la
gracia y el apostolado, para la obediencia a la fe en todas las naciones por
amor de su nombre; 6 entre las cuales estáis también vosotros, llamados a ser
de Jesucristo”
[7]
Gálatas 4:6 “Y por cuanto sois
hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama:
¡Abba, Padre!”
[8]
Hebreos 9:14 “¿cuánto más la sangre
de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha
a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios
vivo?”
[9]
Juan 13:1 “Antes de la fiesta de la
pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo
al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta
el fin.”

Comentarios
Publicar un comentario