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Revisando el Evangelio

 


La palabra evangelio significa buenas noticias, se trata de un mensaje. Pero, ¿en qué consiste el mensaje del evangelio?

Si bien la Biblia contiene en el Nuevo Testamento cuatro de los llamados “Evangelios”, los cuales fueron escritos por cuatro diferentes autores, los cuales narran la vida y ministerio de Jesús de Nazaret, se los llama evangelio según san Mateo, san Marcos, san Lucas y san Juan, en un sentido amplio, abarcando toda una narración. Pero lo que es el evangelio propiamente dicho, la buena noticia concretamente, es lo que quisiera dejar en claro en estas breves líneas.

Antes podemos señalar que el evangelio tiene cualidades, efectos, implicaciones, etc., pero esas cosas no responden el qué, sino el para qué, el por qué, el cómo, etc.

Bueno, dijimos que queremos responder ¿en qué consiste el mensaje del evangelio? ¿Qué nos comunica?

Respondemos, de acuerdo a las Escrituras, que este mensaje consiste en el testimonio de hechos históricos concretos. O sea que, el evangelio es un hecho que se anuncia, esto es, que se publica, proclama y hacer saber.

Entonces, respondamos qué hechos históricos son los que se anuncian, para llegar a la conclusión. Para eso, citaremos directamente el Nuevo Testamento, en donde con claridad, vemos la respuesta explicitada por el propio apóstol Pablo:

            “Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen.” (1 Corintios 15:1-6 he añadido el subrayado).

            La muerte y resurrección de Jesucristo es un hecho acaecido en la historia de la humanidad. En esto se diferencia radicalmente de las meras ideas, pensamientos filosóficos, principios religiosos, ideologías, y demás construcciones teóricas, morales y espirituales de los hombres.

La muerte y resurrección de Jesucristo son un hecho testificado de manera inseparable, por personas que vieron con sus propios ojos la ejecución a manos del poder romano, y su sobrenatural resurrección en un cuerpo de carne y hueso, con el que tuvo trato personal con diversos discípulos.

Podemos obviamente explicar los por qué y los para qué de esa muerte y resurrección, y eso haremos en otro comentario, pero en este sólo queremos dejar en claro el aspecto histórico que hace del evangelio un hecho pasible de ser señalado como verdadero o falso, de la misma manera que un juez puede tener como ocurrido o no un hecho determinado, por determinada persona, en base a los testimonios y pruebas que se le dan a conocer. A este respecto es importante notar que el propio apóstol Pablo señala que la muerte y resurrección ocurrieron “conforme a las Escrituras”. Esto es, según lo que las profecías antiguas declaraban que iba a suceder. Esta era la forma en que el apóstol Pablo daba “testimonio a pequeños y a grandes, no diciendo nada fuera de las cosas que los profetas y Moisés dijeron que habían de suceder: Que el Cristo había de padecer, y ser el primero de la resurrección de los muertos, para anunciar luz al pueblo y a los gentiles.” (Hechos 26:22-23).

Que la obra llevada a cabo por un hombre estuviera escrita siglos antes de su nacimiento, e incluso preanunciada miles de años antes, es una de las tantas pruebas indubitables de que no estamos ante un plan humano, sino ante lo que desde el inicio del relato bíblico vemos como la intervención de Dios en la historia de la humanidad con hechos visibles.

Tenemos entonces hechos del pasado registrados por escrito, profecías documentadas por profetas de un pueblo escogido (los judíos) para ese fin, del cual provino el Mesías (“el león de la tribu de Judá”). Todo ello se encuentra debidamente constatado. Luego, el testimonio llega a tus oídos a través de la Biblia, y tu mente llega a conocer la obra hecha a nuestro favor, en la que Cristo “se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo” (1 Timoteo 2:6).

La responsabilidad que pesa sobre el oyente, radica en considerar cuidadosamente por qué habría de desechar un testimonio respaldado, no sólo con la existencia de escrituras sagradas milenarias, celosamente conservadas por un pueblo que ha atravesado milenios conservando la identidad de sus orígenes abrahámicos y mosaicos, sino además, con la muerte de todos aquellos que fueron ejecutados como mártires (mártir del griego «μάρτυς, -υρος», «testigo») por causa del testimonio del Mesías que, a pesar del rechazo y la traición, “quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio, del cual yo (Pablo) fui constituido predicador, apóstol y maestro de los gentiles” (2 Timoteo 2:10-11).

Nos toca a nosotros examinar esa predicación conforme al testimonio, y considerar seriamente dónde pondremos nuestra confianza, porque los extraordinarios hechos de Dios en Cristo nos han sido anunciados “para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1 Corintios 2:5).

Dios te bendiga.

N.M.G.

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