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Desde el Tiempo y el Dolor


“Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento” (Eclesiastés 12:1)

“Destruirá a la muerte para siempre; y enjugará Jehová el Señor toda lágrima de todos los rostros; y quitará la afrenta de su pueblo de toda la tierra; porque Jehová lo ha dicho.
Y se dirá en aquel día: He aquí, éste es nuestro Dios, le hemos esperado, y nos salvará; éste es Jehová a quien hemos esperado, nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación.” (Isaías 25:8-9)

“Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.
Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas.
Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida.” (Apocalipsis 21:3-6)

 “Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.” (Romanos 8:19-21)


En la vida nuestras experiencias afectan nuestros pensamientos, forjan nuestro carácter y nos ponen en determinadas circunstancias en las que somos llamados a considerar la existencia de acuerdo a una regla que el sabio Predicador antiguo escribió al decir:

“Mira la obra de Dios; porque ¿quién podrá enderezar lo que él torció?
En el día del bien goza del bien; y en el día de la adversidad considera.
Dios hizo tanto lo uno como lo otro, a fin de que el hombre nada halle después de él.” (Eclesiastés 7:13-14)


Este llamado a considerar la realidad presente está dirigido a nuestra necesidad de saber que nadie sino Dios puede restaurar aquello que se ha torcido.

Como dije al principio, las experiencias producen un efecto en nuestro ser, de manera que somos transformados a lo largo de la vida. Nos guste o no, venimos al mundo para tomar conciencia de una realidad que está mucho más allá de nosotros, un universo de astros y de seres humanos que han sido creados con un propósito.
Pero necesitamos detenernos en este punto, porque muchos piensan que el propósito es de uno mismo, que se nos dio un propósito, pero esto pasa por alto un punto más elevado: Alguien tuvo un propósito, Su propósito, un designio específico para que llegáramos a existir. Antes que vos o yo pudiéramos siquiera pensar en darnos algún objetivo en esta vida, el Creador quiso crearnos de acuerdo a sus propósitos.

¿Puedes ver la obra de Dios? ¿Podes sentir el peso de tu insignificancia ante Aquel que sostiene todas las cosas con su poder? Aquí comienza la verdadera humildad. Reconocernos tal  y como somos: formados del polvo de la tierra (Génesis 2:7).

Para aquellos que se rehúsan a reconocer esto, la vida llegará a tener un sabor muy amargo. Las experiencias personales de enfermedad, pérdidas, familiares fallecidos, problemas de la vejes, dramas amorosos, dramas sociales, tragedias mundiales y demás adversidades de este mundo, lo llevarán a recluirse en alguna de las muchas formas modernas para escapar del Dios de la Biblia, tales como psicofármacos, drogas, alcoholismo, altas dosis de televisión y/o entretenimiento, separaciones crónicas, obsesión con el trabajo u otra actividad, etc., etc.

Pero en alguna manera, al escapar de Dios estamos escapando de nosotros mismos, porque sin Él no somos más que seres próximos a extinguirnos de los que sólo quedará el polvo. Darle la espalda al llamado de Dios es en cierto sentido escoger el suicidio en lugar de la vida y el perdón.

Así que, creyentes o no, todos lidiaremos con el tiempo y el dolor, ¿qué nos espera al final del camino? ¿por qué sufrimos? Huir a las respuestas que nos son dadas a estas preguntas o poner nuestro mayor esfuerzo en comprenderlas, hará la diferencia entre una relación eterna con Dios o su ausencia.

Para los que acudimos a Jesús, sus palabras no manipulan la realidad, antes bien él nos dijo: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33)

La promesa del día en que toda lágrima será secada y el llanto y el dolor concluirán para siempre, es el llamado de Dios para que el hombre ponga sus ojos en dirección a la eternidad. Y la victoria de Jesucristo que el Evangelio proclama es para que todo ser humano reciba esta promesa del Dios eterno y verdadero.

 No hay en esta vida otro consuelo más real, serio, veraz y radiante que este, el cual reposa por completo en el absoluto y omnipotente poder de Dios para hacer lo que él ha prometido, ya que sólo él es el Todopoderoso (ver Apocalipsis 1:8).

Como cristianos podemos y necesitamos, esperar en él, descansar en él, confiar en él y reconfortarnos en el cumplimiento de la palabra que Él nos ha dado.  Así que, como es mi costumbre, he escogido algunas porciones de la Palabra inspirada para que meditemos a la luz de lo reflexionado y las Escrituras citadas al comienzo:

“Acuérdate de la palabra dada a tu siervo,
    En la cual me has hecho esperar.
 Ella es mi consuelo en mi aflicción,
 Porque tu dicho me ha vivificado.” (Salmos 119:49-50)

“Así que, hermanos, estén firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra.
Y el mismo Jesucristo Señor nuestro, y Dios nuestro Padre, el cual nos amó y nos dio consolación eterna y buena esperanza por gracia, conforte vuestros corazones, y os confirme en toda buena palabra y obra.” (2 Tesalonicenses 2:15-17)


“Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza. Pero el Dios de la paciencia y de la consolación os dé entre vosotros un mismo sentir según Cristo Jesús, para que unánimes, a una voz, glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.” (Romanos 15:4-6)

 “Tus muertos vivirán; sus cadáveres resucitarán. ¡Despertad y cantad, moradores del polvo! porque tu rocío es cual rocío de hortalizas, y la tierra dará sus muertos.” (Isaías 26:19)

N.M.G.

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